Sobre La tristeza de los hijos, de Leandro Hernández

“Porque ese es el verdadero tormento en la tristeza de los hijos, nuestra completa otredad respecto de algo que, para nosotros, padres y madres, es total y completamente nuestro, y ante lo cual somos exiliados, impotentes, irrelevantes, fotografías desenfocadas de una larga serie que no es otra cosa que una forma de leer la historia de la Humanidad, esa retahíla de hijos e hijas que a fin de cuentas somos todos nosotros, hijos e hijas también de las hijas e hijos de otros hijos de alguien, hasta el origen de los tiempos, polvo sobre polvo, hijo sobre hijo”, nos dice Camilo Brodsky, a propósito de La tristeza de los hijos (Larva Press 2025).

Este libro de Leandro es, creo, un desplazamiento. Una historia nostálgica de cómo dejamos de ser lo que éramos y, en el centro de eso que fuimos y ya no somos –en el centro mismo, en el esternón, ese conjunto de huesos que debe protegernos el corazón–, se nos instala otro, que pasa a ser centro a su vez en torno al cual acabamos girando.

Y claro, porque los hijos –las hijas, en mi caso– nos descentran al tiempo que nos centran; depositamos en ellos frustraciones freudianas, volcamos deseos y entendemos, la mayoría de las veces, la dimensión más real y tangible, el peso específico de esa frase que habla de “dar la vida por alguien”.  Su sufrimiento o su dolor nos golpean, pues muchas veces somos peso muerto, impotente, ante aquello que antes nos sucedió a nosotros y hoy los tiene a ellos lánguidos, enamorados, aislados, rechazados. No hay figura más inútil que la de un padre o una madre ante un hijo o una hija quebrados. Su dolor desplaza al nuestro, que nos parece fútil, aun sabiendo que, en ese mundo que aprendemos a habitar con dificultades, la urgencia está puesta en lograr llegar a fin de mes, en que precisamente nada les falte a ellos, porque de las penas de amor tarde o temprano se sale, pero del hambre y la intemperie en general es bastante más difícil.

Sin embargo, a ese desplazamiento de nosotros –padres, madres– como eje de nuestras propias vidas sigue otro, en paralelo y consecuencia, de alguna manera. Nuestros hijos, nuestras hijas, son también la constatación definitiva de que ya se nos ha ido una parte de la vida que no volverá; su crecimiento es al mismo tiempo testimonio de nuestro envejecimiento y caída, la despedida en cámara lenta de nuestras propias penas de amor –que subyacen, persisten, pero no pueden ya inmovilizarnos, principalmente porque existen ellos, ellas–, de nuestros saltos al vacío, del entendimiento profundo de que la vida es, entre otras muchas cosas, un despropósito, y eso no es ningún problema.

Y empieza entonces ya no solo la tristeza de los hijos, sino también su contracara, la procesión de nuestra propia vida como sucesión de cuadros casi cinematográficos de nostalgia y melancolía. De eso va también –quizás principalmente– este libro de Leandro Hernández. La voz cansada del padre, golpeado por su propia vida y que no sabe si será capaz de entregar algo al hijo, a cuya tristeza asiste impotente, inútil, y atravesado sobre todo por las imágenes de su propio derrotero; pero a pesar de ello, e incluso de cierta torpeza asumida para cumplir la tarea que se ha impuesto, guardián perpetuo de ese “pájaro pequeño/ [que] decide anidar/ sobre el [su] esternón”. Y no es pérdida de tiempo subrayar la presencia persistente de ese hueso en particular en estas páginas. Ni que es el hueso que protege el corazón, y que está en el centro, el centro justo, de nuestro pecho.

El centro de nuestro pecho, cerca del plexo solar, donde parecen anidarse nuestras angustias más devastadoras y se agolpan los miedos que nos pueden dejar sin aire. De ahí debe haber salido lo de “te pasa porque eres sureño”, que Leandro dice a media voz, para bajar la intensidad de lo que, adivino, asume como una maldición que podría ser traspasada involuntariamente al hijo; porque aunque es él, aunque son retazos de esa vida en que “alguna vez fuimos / otros”, es también el temor de haber transmitido el virus de la melancolía al pájaro de su esternón. Porque el sur se sucede y sucede en este texto, aparece entre las quilas, los musgos y líquenes, vuela en las alas del chucao; y ya en el sur no sabes si es la tristeza de los hijos o la de los padres, no sabes si la una origina la otra o, simplemente, si la explica de manera oblicua, detonando lo que ya estaba ahí pero de alguna forma crees que nunca volverá, porque ya estás viejo, porque ahora es tiempo de entregarte a la tristeza de ellos, no a la tuya, y quedas por lo mismo de alguna manera vacío como:

“Un puerto
al que no llega
ninguna nave

Un puerto seco
al que no llega
ningún camión

Un puerto seco
en el que se oxidan
los containers

[…]

Una caleta con botes que
son esqueletos o cuadernas
de Ciprés de las Guaitecas

musgos y líquenes sobre
vértebras de maderas curvas
astillas sobre conchales chonos

espectros de dalcas secas

Nada ni nadie llega ya a estos
rincones ni siquiera los forajidos”

Quizás el temor, a fin de cuentas, sea que los hijos, las hijas, más que un espejo de nosotros mismos sean el espejo de lo que ya no somos ni fuimos; que sea esa imagen la que acabe, ahora sí, proyectándose sobre ellos como un espejo nuestro: vacíos antes de ellos, de alguna forma, y más vacíos aún después del ellos, en la aterradora posibilidad de un sin ellos. Porque ese es el verdadero tormento en la tristeza de los hijos, nuestra completa otredad respecto de algo que, para nosotros, padres y madres, es total y completamente nuestro, y ante lo cual somos exiliados, impotentes, irrelevantes, fotografías desenfocadas de una larga serie que no es otra cosa que una forma de leer la historia de la Humanidad, esa retahíla de hijos e hijas que a fin de cuentas somos todos nosotros, hijos e hijas también de las hijas e hijos de otros hijos de alguien, hasta el origen de los tiempos, polvo sobre polvo, hijo sobre hijo.

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