Philip Larkin (Inglaterra, 1922-1985) es una de las voces más reconocibles de su generación. Su poesía tiene un tono amargo desmentido a ratos por el evidente goce y extremo cuidado con que compone sus versos, rehusándose siempre a cualquier facilismo, demoliendo ilusiones románticas o idealistas, resistiendo siempre al entusiasmo fácil. Sus enemigos lo han acusado de carecer de emotividad, pero como en sus predecesores Eliot o Auden, podría decirse que su contención no es sino prueba de una vida emocional bastante más intensa que la de quienes la exponen con supuesta honestidad en las páginas de las revistas o en las pantallas de televisión. Este poema, de su libro High Windows (1974), es un ejemplo notable de su estilo, traducido recientemente con tono local por Adriana Valdés en una versión que le hace justicia a su meticulosa e implacable disección de la vejez, al fin y al cabo tal vez más piadosa que la hipocresía o el sentimentalismo. (FP)

THE OLD FOOLS

 

What do they think has happened, the old fools,
To make them like this? Do they somehow suppose
It’s more grown-up when your mouth hangs open      and drools
And you keep on pissing yourself, and can’t      remember
Who called this morning ? Or that, if they only      chose,
They could alter things back to when they danced      all night,
Or went to their wedding, or sloped arms some      September?
Or do they fancy there’s really been no change,
And they’ve always behaved as if they were      crippled or tight,
Or sat through days of thin continuous dreaming
Watching light move? If they don’t (and they can’t),      it’s strange:
Why aren’t they screaming?At death, you break up: the bits that were you
Start speeding away from each other for ever
With no one to see. It’s only oblivion, true:
We had it before, but then it was going to end,
And was all the time merging with a unique      endeavour
To bring to bloom the million-petalled flower
Of being here. Next time you can’t pretend
There’ll be anything else. And these are the first      signs:
Not knowing how, not hearing who, the power
Of choosing gone. Their looks show that they’re
for it:

Ash hair, toad hands, prune face dried into lines-
How can they ignore it?

Perhaps being old is having lighted rooms
Inside your head, and people in them, acting.
People you know, yet can’t quite name; each looms
Like a deep loss restored, from known doors      turning,
Setting down a lamp, smiling from a stair,      extracting
A known book from the shelves; or sometimes only
The rooms themselves, chairs and a fire burning,
The blown bush at the window, or the sun’s
Faint friendliness on the wall some lonely
Rain-ceased midsummer evening. That is where      they live:
Not here and now, but where all happened once.
This is why they give

An air of baffled absence, trying to be there
Yet being here. For the rooms grow farther, leaving
Incompetent cold, the constant wear and tear
Of taken breath, and them crouching below
Extinction’ s alp, the old fools, never perceiving
How near it is. This must be what keeps them      quiet.
The peak that stays in view wherever we go
For them is rising ground. Can they never tell
What is dragging them back, and how it will end?      Not at night?
Not when the strangers come? Never, throughout
The whole hideous inverted childhood? Well,
We shall find out.

  VIEJOS LESOS

 

¿Qué creerán que sucedió, los viejos lesos,
para dejarlos así? ¿Suponen, a lo mejor,
que es más adulto tener la boca abierta, babear,
mearse a cada rato, y olvidar
quién llamó en la mañana? ¿O que, si quisieran,
podrían volver a cuando bailaban la noche entera,
o iban a sus bodas, o presentaban armas en septiembre?
¿O se imaginan que nada ha cambiado,
que siempre se comportaron como inválidos o borrachos,
o pasaron los días soñando débil y continuamente
mirando cómo se mueve la luz? Si no (y claro, no pueden):
¿Cómo es que no están gritando?Al morir, nos deshacemos: los pedacitos que éramos
comienzan a separarse con rapidez para siempre
sin que nadie los vea.  Cierto, es sólo el olvido:
antes lo tuvimos, pero iba a terminarse,
y siempre se mezclaba con un intento único
de hacer florecer los millones de pétalos,
la flor de estar aquí.  Después no se podrá hacer como si
hubiera algo más.  Los primeros signos son estos:
no saber cómo, no oír quién, perdiendo
el poder de elegir.  Se ve que están en eso:
el pelo ceniciento, las manos de rana, la cara como pasa,
¿Cómo no se dan cuenta?

Ser viejo, tal vez, es tener en la cabeza
habitaciones iluminadas, con gente, actuando.
Gente que ubicas, sin saber sus nombres;
cada uno
recupera una pérdida profunda, vuelve de puertas familiares,
coloca una lámpara, sonríe desde la escalera, saca
del estante un libro conocido; o a veces sólo
los cuartos mismos, sillas, fuego encendido,
el arbusto y el viento en la ventana, o la pálida
amistad del sol sobre la pared una tarde de verano
solitaria y ya sin lluvia.  Allí es donde viven:
no aquí, ni ahora, sino donde todo sucedió, hace tiempo.
Por eso exudan

Un aire de extrañada ausencia, intentan estar allí
estando acá.  Pues los cuartos se alejan, dejando
un frío incompetente, el constante trajín
del aliento hacia adentro, y ellos encorvándose
bajo la arista de la extinción,  viejos lesos, sin percibir
lo cerca que está.  Por eso tal vez no hacen ruido:
la cumbre que se ve de todas partes
se les está viniendo encima.  ¿No podrán nunca
decir qué los arrastra, cómo han de terminar? ¿Ni en la noche?
¿Ni cuando llegan extraños?  ¿Nunca, en ningún momento
de su horrible infancia  al revés? Y bien,
ya lo sabremos.

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