Una breve reflexión sobre la palabra Asia, nos brinda hoy la poeta Elvira Hernández, a través de este texto que forma parte del libro Saltamontes en el bambú, de editorial Noctámbula, coordinado por Jessica Sequeira y Mónica Drouilly. Un libro que reúne diversos ensayos sobre traducción y esta enigmática y compleja área cultural:“Creo que Gabriela Mistral amó la palabra Asia, más allá de todos los significados anotados y transportados. Se sentía parte de una ‘de las razas asiáticas de la América’ y esa identidad la enorgullecía. Una palabra que atrapó su imaginación, que era suya, una dermis muy íntima, entonces ya estaba con ella en la poesía”.

Cada generación histórica tiene su propia aproximación al mundo que lo circunda. La de este siglo, está siendo instruida por la globalización, intensamente, en que todo lo lejano está muy cerca con sólo apretar una tecla. Algo que hacemos a diario. Fluyen así, ante nosotros, grandes cantidades de imágenes y pocas palabras, que es lo que acá importa. Las imágenes construidas nos remontan a paisajes exóticos y paradisíacos a donde dirigir nuestro descanso y ocio; con menos decisión, nuestra fantasía; y con resignación, muchas más horas de pantalla. Asia podría estar en ese destino. Sin embargo, ese mundo oriental proyectado en grande, desde hace varias centurias que se viene acercando, acortando distancias, material y culturalmente, amparado y requerido por las necesidades cotidianas y la curiosidad del ser humano. Podemos concluir hoy, que la cultura en una sociedad masiva es potenciada por la economía, la que manda e inunda las costumbres con la multiplicación de sus mercados, los que seducen aun cuando en la rapidez de los días no alcancemos su completa traducción. Si caminamos por las calles, mucha de la vida de Asia que no alcanzamos a imaginar ya está entre nosotros y se encuentra depositada en distintos objetos callados, de manufactura coreana, china, india, vietnamita, indonesia, taiwanesa y más —Asia es un poliedro productivo y cultural— que, de poder hablar —estos objetos— en su momento, harían un pormenorizado relato.
El origen de este texto lo ubico en una zona de percepción impresionista, un uso poco aprehensible, a primera vista, de la palabra “Asia”, generalizada en algunas páginas de Gabriela Mistral, y que me llamó la atención. No era palabra azarosa caída allí; palabras inintencionadas no suelen encontrarse —dicho con seguridad— en ninguno de sus escritos. Se enraizaba en cierta teoría de época donde la historia de la humanidad comenzaba en esa tierra. Un poco de contexto indica que la poeta funge, mientras se desplaza por Europa, entre mucha de sus actividades como columnista del diario El tiempo de Bogotá. Sus crónicas, cartas y artículos que reparte, al menos por dos continentes, dan cuenta de la agitación social y política de los trabajadores, además de los resquemores nacionalistas desprendidos y enconados que se han estado acumulando por una década tras la Primera Guerra Mundial. Observa en el escenario europeo la gran ascendencia y expresión del componente racial en la cultura, de manera polarizada —razas superiores e inferiores— que llevaría años después al holocausto judío.
La poeta no analiza esta situación desde lejos: se inmiscuye. La palabra raza se introduce en ella con atracción y repulsión. A diferencia de muchos sudamericanos no era eurocéntrica, sino que su orgullo estaba puesto en esa gran diversidad de los pueblos originarios de América, de los que se sentía parte. Pero no ampliaré este contexto europeo de la poeta. Voy al caso donde la palabra Asia hace su primera aparición a mi lectura. Es un despacho para los colombianos desde Paris de 1929; la reacción de Gabriela Mistral a un articulillo que circula en el diario monárquico Acción Francesa donde un panfletista ataca a la poetisa y condesa Ana de Noailles, pero no directamente en sus poemas, sino en el hecho —para él censurable— de que la aristócrata hiciera uso de su belleza, de manera impúdica, en los poemas. Mistral celebra que exista la belleza de la poetisa en un mundo averrugado y agrega: “Es probable que, si la condesa de Noailles fuera una francesa pura, con cuatro o cinco capas geológicas de raza gala, M. Benjamin no la vapulease tanto (…) La condesa es media rumana y medio griega. Ha hecho a los franceses el lindo regalo de un temperamento oriental domiciliado en lengua latina, y en la lengua latina fría que es la francesa (…) Trajo su sensualidad de Chipre y la puso como huevo de faisán a madurar bajo la codorniz de la lengua francesa. El don es grande y muchos franceses se lo estiman en profundidad” (2).
La poeta identifica al grupo opuesto, nacionalista, como los de la galofilia morbosa que aceptan que hay belleza en esos versos, pero, hay un pero, que entonces parece insalvable: “le anotan que es cosa traída en galera asiática, mercadería intrusa por lo tanto”. (3) Y a renglón seguido confirma su apreciación: “Sí, hay en la pasta de su estrofa una marca evidente del dedo asiático, fino y viejo” para establecer luego, un vínculo de parentesco con ella: “Yo suelo leerla separando en la misma estrofa, como dos labios, el verso asiático y el occidental; tan visible resulta la diferenciación para una que tenga también su Asia en el cuerpo” (4).
La pregunta es: ¿cuál y de dónde viene el Asia de la Mistral? Nuestra poeta sigue argumentando y regando pistas a migajas. Finaliza su crónica con un párrafo que llama “Asiatismo en las costumbres” (5), donde contrapone la visualidad de las vanidades de la mujer oriental en Ana de Noailles, con las vanidades de la mujer francesa, en la católica y maternal escritora Eugenia de Guerin; a quienes, en lenguaje de hoy diríamos, que a la primera consideró colorinche en sus apariciones y a la segunda, grisácea. A la vez que ella, Mistral, se va poniendo bajo esa piel asiática de manera muy decidida. En carta a la poeta cubana Dulce María Loynaz –páginas sin fecha ni referencia excepto la mención del ingreso de EEUU a la Segunda Guerra Mundial- le dice: “Europa parece un continente maldito ¡pobrecito! Y el mundo le debe casi todo: de ella vivimos. Pero tu pobre Gabriela es más Asia que Europa. Te anticipo esta decepción que tendrás conmigo, tú europea” (6).
Mi impresión es que Asia para la Mistral va siendo palabra tornasolada, con muchos visos, variadas e imperceptibles entradas a la vez que semejantes salidas de toda índole. Y es que el contexto xenófobo-político europeo le permite a esa palabra crecer en sentidos, preñarse de una rica madurez semántica creando un abanico de alusiones y también ambigüedades. Recién la vimos en uso y en su complejidad; no obstante, esa palabra había emergido quizás de conocimientos primarios, de uso común, adquiridos por la poeta en su formación de maestra normalista donde Asia representaba la cuna de la civilización. Muchas fuentes arqueológicas, patrones lingüísticos, tesis antropológicas lo habían ido confirmando y en el día de hoy lo hace la ciencia genética en sus rastreos de migración humana por cerca de 20.000 años, desde el norte del Asia a la Patagonia. En las apreciaciones geográficas de la poeta el referente asiático será comentario obligado; lo hará aun cuando esté hablando del trópico americano, lo que ejecuta en el libro del colombiano Luis Enrique Osorio y donde, en el año 1932, pincela “(…) Europa que no es sino otra península del Asia matriarcal” (7), confirmando a Asia como la madre primípara.
‘En ese estado de cosas, le afirma a Mistral cierto convencimiento: que “el ritmo espiritual más ardiente viene de China y Japón”. Para entonces Rolland ya había publicado Vida de Gandhi y trabajaba en Ramakrishna. Pero, hay más. En 1933, en sucesivas cartas a Gonzalo Zaldumbide, Mistral le habla de su contacto con el budismo y lo bien que esa experiencia de cuatro años le ha hecho. En su lectura de los Evangelios de Buda, no ve diferencia y oposición con el cristianismo. Para ella Cristo es Oriente. Y sigue: “(…) del cristianismo tomé la ética (…) del otro [budismo] la metafísica y la práctica devocional”’ (Elvira Hernández)
Tres años después, en 1935, cuando el antisemitismo debió ser arrollador en Europa, Mistral escribe su “Recado sobre los judíos” (8). Cito algunos párrafos que subrayan ciertas líneas culturales. “(…) si se aplican a raspar desde su primer arranque lo oriental en el pensamiento de Europa, la gran matrona se les queda en cueros. Europa mamó de la leona griega, llena de víscera asiática; y después mamó de la loba romana; noble bestia híbrida de la primera; más tarde ha comido a carrillo ancho cristianismo, alimento oriental si lo hay, y que cuando se desorientaliza queda sin mística alguna, en puro hueso árido y en unas cales moralistas, de orden policial (…)”. Y en otros párrafos ahondará en el lugar común asiático indiferenciado, expresando un ruego para que los países de América no tomen el señuelo sucio antisemita. Cito: “Hay sobre la costa de nuestro continente más carne asiática de lo que nos sabemos, y el mestizo americano que lo ignora tiene todo por aprender de su geología íntima. En cuanto a la porción blanca pura de nuestros países, española o italiana, aunque el aporte esté más sumergido, ella contiene la orientalidad suficiente de sangre y cultura orientales (…) Muchos hacen comenzar el Asia en Grecia, pero otros saben que empieza en (…) Sicilia, o en Venecia, o en Marruecos”.
Vuelvo a consignar que Mistral no se encontraba cómoda con la palabra “raza”, a pesar del uso frecuente. Buscaba que la Fiesta de la Raza fuera reemplazada por la celebración del idioma. Para enfatizarlo nombraba al continente como Indoamérica en vez de Hispanoamérica, le parecía que la hispanidad se encontraba ya quebrantada ante la expresión potente de mestizaje y fusión de culturas, y que aquello seguiría en aumento por las migraciones. En tanto, para su estilo, me parece, el prefijo indo le permitía que la palabra Asia siguiera irradiando su orientalidad principalmente sobre las etnias americanas. Tan es así, que, en 1927, en un artículo para el suplemento literario “El Espectador”, titulado “Un maestro americano del cuento: Ventura García Calderón” teje una especial comparación entre esa orientalidad del Asia y las indianidades de los Andes, haciendo hincapié en que en las narraciones del peruano está viva “la selva del Marañón (…) con sus fantasmas incásicos, vagabundos por la meseta (…) también con el apaciguamiento de la coca, el nirvana cristiano de los Andes” (9).
La generalidad y vastedad de la palabra “Asia” se fue particularizando y perfilando por la misma poeta del Elqui. Pues, en un punto, fue patente que lo asiático tribal primigenio se mezclaba con el cristianismo cruzando el Mediterráneo. No obstante, Mistral ahondó en un pensamiento oriental que había permanecido enraizado en regiones discrepantes y deshermanadas del continente asiático y bogaba hacia Europa en diferentes lanchas interpretativas. Sus lecturas fueron importantes; menciona algunas al pasar, con sutileza, sin mucho bombo, en distintos artículos —Rabindranath Tagore, el persa Omar Jayyam, el indio Sri Aurobindo entre otros— y con distintas tonalidades emocionales. Así, entreverada en el primer cuarto de siglo europeo, una vez más ensangrentado, reconoce que el poeta bengalí Tagore, un independentista indio, está entre los autores que la sostienen —lo leyó muy joven— por tanto, se envuelve con él.
También, de enorme repercusión e influencia para ella, fueron sus conversaciones y entrevistas con Romain Rolland, maestro y amigo —a quien llamó “el abogado de Asia” y al que visitó en el lago Lehman, Suiza, en 1926. Cuenta Mistral, en un artículo para el diario bogotano, ciertos detalles del encuentro con el francés, Premio Nobel ya, entonces apartado del mundo en ese lugar y absorto en un orientalismo que él sentía como gran proveedor de mística para una sociedad estragada de nihilismos y escepticismos. En ese estado de cosas, le afirma a Mistral cierto convencimiento: que “el ritmo espiritual más ardiente viene de China y Japón”. Para entonces Rolland ya había publicado Vida de Gandhi y trabajaba en Ramakrishna. Pero, hay más. En 1933, en sucesivas cartas a Gonzalo Zaldumbide, Mistral le habla de su contacto con el budismo y lo bien que esa experiencia de cuatro años le ha hecho. En su lectura de los Evangelios de Buda, no ve diferencia y oposición con el cristianismo. Para ella Cristo es Oriente. Y sigue: “(…) del cristianismo tomé la ética (…) del otro [budismo] la metafísica y la práctica devocional”. Le refiere además las interferencias de Palma Guillén declarándose preocupada por lo que llama supersticiones asiáticas de ella. Le molesta las actitudes occidentales en esas discusiones, haciendo caricatura con la imagen de un faquir sucio sentado en la calle. Y argumenta: “El fanatismo es la mayor potencia de este mundo. Palma, que ha enseñado filosofía, no quiere respetar esa fe asiática ni aun cuando en Schopenhauer la ve filtrada visiblemente y sobre todo en Spinoza, a quien admira tanto” (10).
Creo que Gabriela Mistral amó la palabra Asia, más allá de todos los significados anotados y transportados. Se sentía parte de una “de las razas asiáticas de la América” y esa identidad la enorgullecía. Una palabra que atrapó su imaginación, que era suya, una dermis muy íntima, entonces ya estaba con ella en la poesía. En un poema largo‚ diecinueve estrofas irregulares, llamado “Isabel, tú estás en la isla ardiente”, uno de los inéditos de Mistral publicado después en el libro Almácigo, vuelve a aparecer su bendita palabra asociada a un momento de felicidad: “Leyendo a la orilla del mar blanquecino / de vapor, que a veces parece una fábula / a los Sakuntalas y a los Salomones / me crees que somos otra vez el Asia. / Por el cinamomo y los cafetales / y el árbol del pan y la valeriana / y a pesar de Roosevelt que en inglés decreta / y a pesar de tanta soberbia americana». Es un poema celebratorio de la isla de Puerto Rico, edénica por su naturaleza, donde Mistral se reencuentra en ese lugar, con lo que ha sido una perpetua añoranza: el idioma del Elqui, campesino, muy de su Indoamérica, recuperando entonces el paraíso perdido.
Este ensayo estuvo originalmente en el libro: Gabriela Mistral, su prosa y poesía en Colombia. 3 tomos. Convenio Andrés Bello. Compilación de Otto Morales Benítez. Edición del Convenio Andrés Bello. Bogotá, Colombia, 2002.
(2) (3) (4) (5) Semblanzas biográficas, Ana de Noailles. Tomo II, pág. 69.
(6) Correspondencia para Dulce María Loynaz. Tomo II, pág. 330.
(7) Semblanzas biográficas, El trópico americano y el libro de Luis Enrique Osorio. Tomo I, pág. 135.
(8) Crónicas sobre Europa. Recados sobre los judíos. Tomo I, pág. 310.
(9) No entro a especificar acá el tema geográfico de Indias Occidentales y Orientales; también el uso de Indoamérica por Víctor Haya de la Torre.
(10) Correspondencia para Gonzalo Zaldumbide. Tomo II, pág. 386.