Hoy, Sandra Saavedra, estudiante de literatura de la Universidad Alberto Hurtado, nos reseña el último libro de la poeta e investigadora Macarena Urzúa Opazo: “Lengua Natural puede comprenderse como una exploración de las formas que creemos conocer. El libro propone que la poesía no intenta reducir el mundo a lo que podemos decir de él, sino acercarse a lo que permanece más allá del nombre dado. Mirar, deja de ser un acto de posesión y se convierte en escuchar lo que la materia dice en sus silencios, permanecer frente a ellas sin exigirles que revelen sus misterios. La autora nombra, pero no pretende poseer lo que nombra”.
Nombrar es el primer gesto mediante el cual intentamos acercarnos a las cosas. Cuando decimos hoja, piedraoluz, estamos llevando aquello que percibimos al territorio del lenguaje. La palabra nos permite reconocer y contar lo que tenemos delante de nuestros ojos. Pero ¿Qué significa mirar una hoja, una piedra o un rayo de luz? A primera vista, parece suficiente con reconocer lo que tenemos delante para después nombrarlo. Sin embargo, entre la cosa y la palabra existe una distancia que ninguna definición consigue eliminar por completo. Podemos decir piedra, pero la palabra no contiene su peso, su temperatura según sus minerales, su textura ni todo aquello que esa piedra ha sido antes de entrar en nuestra mirada. Podemos decir hoja, pero el nombre tampoco alcanza a reproducir su movimiento, su fragilidad, la complejidad de su textura o la manera particular en que la luz se deposita sobre o a través de ella. Nombrar permite acercarnos al mundo, pero no poseerlo. Quizás es precisamente en esa distancia, en eso que permanece fuera de las palabras, donde comienza la poesía.

En Lengua Natural (Mundana 2026) de Macarena Urzúa Opazo, la naturaleza no aparece solo como un paisaje decorativo disponible para nuestra mirada, ni tampoco aparece reducida a la utilidad humana. La naturaleza se nos devela como una materia que conserva una parte de misterio que se resiste a ser traducido o capturado por nuestro lenguaje. La frase que inicia este poemario funciona como una primera clave de lectura: “Raspar la hoja para que aparezca el poema”. Aquí la hoja es descrita como una superficie vegetal y un soporte de escritura, en donde el poema parece encontrarse oculto en la superficie de la hoja y apela a una mirada que sea capaz, o al menos esté dispuesta, a descubrirlo. Así, Lengua Natural plantea la posibilidad de un lenguaje que no está necesariamente constituido por palabras sino por texturas, formas, movimientos, transformaciones, ciclos y relaciones. La naturaleza está ocurriendo y la autora la mira e intenta traducirla. Intenta decirlo. Contarla.
En el primer poema llamado “Patrón de las hojas” (11), el movimiento, las formas y las huellas de las hojas, constituyen una escritura que no depende de lo verbal. Tampoco siguen ni la lógica ni las categorías humanas que reconocemos en nuestros ciclos. Nacer y morir, orden y desorden, claridad y oscuridad, principio y fin, no son términos con los que la naturaleza necesariamente funcione, al contrario, parece tener ritmos, ciclos y formas de organización tan propios como distintos a los nuestros. Considerando esto la autora no ocupa el lugar de alguien que descifra y domina estos signos, este lenguaje. Sino el lugar de quien se aproxima a estas formas de expresión que no nos son del todo accesibles. Nos presenta una naturaleza con sus propias formas de expresarse, que por supuesto, parecen existir mucho antes que las nuestras. Primero aparece la hoja con sus texturas, formas, transformaciones. Después aparecemos nosotros con la palabra para nombrarlas. La naturaleza produce sus propias formas y signos que no necesitan al ser humano para existir. Parte de este lenguaje es la transformación de las hojas al caer del árbol. Ante nuestros ojos y conocimiento, la hoja cae del árbol porque se ha vuelto anciana y ha cumplido su ciclo. Esa es nuestra visión del ciclo de las hojas. Pero el poema menciona, por ejemplo, que la hoja no se esconde de la muerte, se transforma. La naturaleza no sigue la lógica humana: “(…) las hojas no se esconden / tras las alas de los muertos / se tornan flores y aligeran su carga” (12). La materia no deja de existir solo porque no reconozcamos su forma. La hoja cae a la tierra y su transformación continúa lejos del duelo y de la finitud.
“Desde esta perspectiva, Lengua Natural resulta una exploración de las formas no verbales de escritura. Una invitación para aprender a leer lo que aparentemente no habla y descubrir que una hoja puede escribir mediante su caída, que un río puede dibujar sobre una piedra o esculpirla, y que una veta mineral puede ser también una forma de caligrafía. La lengua natural del título sería, entonces, aquella que existe antes de nuestras palabras y que el poema intenta revelar” (Sandra Saavedra)
En el recorrido del libro, a las hojas le sigue una segunda sección que comienza con el poema titulado: “Composición de las piedras” (31), donde el mineral se transforma en archivo, ritual, escultura y también en una forma de escritura natural. Si antes las hojas escribían y nos contaban historias mediante sus movimientos y nervaduras, aquí las piedras conservan las huellas del tiempo en sus vetas, colores, grietas, sedimentos e inscripciones. La cita de Giuseppe Penone que precede esta sección – “Para realmente esculpir una piedra, uno debiera ser como el río” (31) –, permite pensar la naturaleza como una artista capaz de transformar la materia sin necesidad de utilizar herramientas humanas. Son los ríos quienes dibujan sobre las piedras y las esculpen, el tiempo geológico las modifica y sus superficies conservan historias que preceden a nuestra propia existencia. La piedra se convierte así en un archivo cuya lectura debemos aprender como quien aprende otro idioma. Desde esta perspectiva, Lengua Natural resulta una exploración de las formas no verbales de escritura. Una invitación para aprender a leer lo que aparentemente no habla y descubrir que una hoja puede escribir mediante su caída, que un río puede dibujar sobre una piedra o esculpirla, y que una veta mineral puede ser también una forma de caligrafía. La lengua natural del título sería, entonces, aquella que existe antes de nuestras palabras y que el poema intenta revelar.
El último recorrido del libro está dedicado a la luz. Aquí la luz rompe la tradición y no es presentada como una metáfora de claridad o sabiduría. En “H.D.: La mitad del día”, por ejemplo, una polilla agoniza “a la luz del día” (65) y la iluminación atraviesa las telarañas “pesadamente”, hasta producir una “arquitectura / de lo inhabitable”. Aquí la luz tiene un efecto inquietante. La luz puede revelar, pero también puede exponer y desestabilizar. Entonces entendemos, que no todo lo que se ilumina, se nos vuelve más comprensible. La relación entre luz y sombra también cuestiona la oposición entre conocimiento y desconocimiento. En el poema “Dentro de una palabra”, la autora escribe: “También la sombra admite / ese pedazo del lenguaje” (68). Así, la sombra tiene capacidad de contener lenguaje, casi del mismo modo que la luz tiene incertidumbres.
Lengua Natural de Macarena Urzúa Opazo puede comprenderse como una exploración de las formas que creemos conocer. El libro propone que la poesía no intenta reducir el mundo a lo que podemos decir de él, sino acercarse a lo que permanece más allá del nombre dado. Mirar, deja de ser un acto de posesión y se convierte en escuchar lo que la materia dice en sus silencios, permanecer frente a ellas sin exigirles que revelen sus misterios. La autora nombra, pero no pretende poseer lo que nombra. Se mantiene frente al misterio de las cosas a través de una escritura que se aproxima sin apresar, que pregunta sin exigir respuestas y que reconoce en lo desconocido una razón para continuar mirando y, por supuesto, para continuar escribiendo.