Comenzamos las celebraciones, con esta reseña que Connie Reyes, estudiante de Lengua y Literatura de nuestra universidad, hace del reciente libro de nuestro ex-alumno, Julio Rodajo: “Al leer, muchas veces me cuestioné los límites entre el escritor y las obras de arte a las que hace referencia, haciéndole preguntas con mi lápiz: ¿te estás reflejando?, escribí en “Autorretrato con un girasol”, donde el hablante se presenta a sí mismo viendo un cuadro en digital que usó por mucho tiempo como su foto de perfil (Rodajo 49). En “Autorretrato con Avetoro”, escribí: el autor se está fundiendo con las obras, cuando anuncia: “Se necesita un espíritu poético para poder imaginarse a sí mismo en el lugar del otro” (Rodajo 55)”.
Imagen y reverso (El Otro Cuarto 2026) me recuerda a un niño inquieto que juega al “veo, veo” y al que las obras de arte le responden “¿qué ves?”, y Julio Rodajo responde de distintas maneras. Lo primero que hace es dividir su libro en cinco capítulos distintos catalogados como diferentes etapas del arte: “Galería fundacional”, “Sala moderna”, “Pequeña colección permanente”, “Pabellón restringido” y “Muestra provisoria”. En cada una de estas secciones, el autor hace un recorrido cronológico que demuestra la evolución del trazo y, con ello, la transformación de la identidad de quien se autorretrata de acuerdo con su contexto.
Quizás, dentro del niño inquieto que juega al “veo, veo”, está también el niño experimentado, que te lleva por su propia exposición, una galería enlazada a su interioridad, susurrándote: “El arte, como el vuelo artificial, es ocasión pura y se dirige en caída libre al alma … La literatura dialoga con remotísimos tiempos, en el tiempo que desees” (Rodajo 21) y pasa a la siguiente obra, e inconscientemente lo sigues acompañada por el bálsamo de su propia voz, su experiencia, sus descripciones, su amor por la pintura y su clara obsesión al ver los cuadros, entenderlos y llevarlos más allá de los límites descriptivos para así apropiarse de ellos.
La obra, de 181 páginas, posee una cronología: En su “Galería fundacional”, parte en el 1500 con Alberto Durero y termina en 1685 con Antoine Steenwinkel; acoge treinta cuadros con sus respectivos poemas. En el caso de “Sala moderna”, se compone de diecinueve obras en el que hace una ruta entre 1747 y 1896, empezando con Sir Joshua Reynolds y terminando con Lovis Corinth. Luego, “Pequeña colección permanente”, de diez pinturas, parte en 1903 con Edvard Munch y finaliza en 1945 con Pierre Bonnard. La parte más llamativa de su obra, “Pabellón restringido” se compone de únicamente 27 poemas, sin los respectivos autorretratos a los que alude, y hace un recorrido desde 1912 hasta 1996. Finaliza con “Muestra provisoria”, conformada por dos pinturas reveladas y una fotografía del año 2022.
En todo el recorrido no solo destaca su poética, sino también el trabajo de investigación. Muchas de las obras en las que usa la écfrasis se basan en el contexto de creación de las pinturas, más en que la pintura en sí misma. Repetidamente, sobre todo en “Galería fundacional”, hace alusión a los y las pintoras, como es el caso de Marieta Robusti, donde el autor rescata su voz e indaga en su vida, destacando su emocionalidad: “estoy cansada de no identificarme” (Rodajo 33). Al hablar de Tiziano, se refiere a su fama, al uso del color negro y hace referencia objetos destacados y comunente usados durante esos siglos.
Encuentro en la poesía de Julio Rodajo una conexión notoria con el género de la vanitas, donde los elementos descritos son más que objetos, pues reflejan en mayor profundidad el interior del pintor. Muchas veces el autor se cuestiona su presencia en las imágenes (“¿por qué se escogieron estos elementos?”, se pregunta). Estos parecen hablar más que un rostro, o como él mismo plantea, es como si dijeran: “La vanidad arruina al mundo / … / Las cosas se engendran, escuchan y responden / inútilmente en el vano” (Rodajo 73). Esto nace de la complejidad de detenerse a observar y no solo mirar, recorrer con detenimiento cada detalle y construir la narrativa presente en ellos, darles un sentido, voz e incluso movimiento, como se puede apreciar en el poema “Glosa interrumpida trampantojo en ‘autorretrato’” (Rodajo 70): aunque Gerrit Dou esté ahí, los objetos presentes pesan más que él mismo.
Pero los rostros también pesan, la mirada e incluso su entorno. No solo pesan a los autores, como hace ver Rodajo al referirse al contexto histórico de cada uno de ellos; los rostros pesan al propio hablante lírico. Porque el autorretrato es un fragmentarse en el espejo, y provocar que el espectador también lo haga cuando se vuelve consciente de su propia individualidad. Esto aparece en “Inscripción de ‘Autorretrato’” cuando nos dice: “Permite al espejo verse en ti. Este es tu rostro / y día a día verás que eres otro” (Rodajo 77).
Al leer, muchas veces me cuestioné los límites entre el escritor y las obras de arte a las que hace referencia, haciéndole preguntas con mi lápiz: ¿te estás reflejando?, escribí en “Autorretrato con un girasol”, donde el hablante se presenta a sí mismo viendo un cuadro en digital que usó por mucho tiempo como su foto de perfil (Rodajo 49). En “Autorretrato con Avetoro”, escribí: el autor se está fundiendo con las obras, cuando anuncia: “‘Se necesita un espíritu poético para poder imaginarse a sí mismo en el lugar del otro’” (Rodajo 55). En “Autorretrato triple” planteé la siguiente pregunta: ¿No es lo mismo que estás haciendo?, cuando dice: “Ningún espectador es confiable (…) preparando los pigmentos para luego / inventarme una mirada” (Rodajo 59). Más adelante, en “Sir Joshua Reynolds”, le pregunté: ¿Qué haces aquí, poeta, mostrando tus horizontes, y no el autorretrato? ¿Es esta tu sensación vaga? Al llegar a “Autorretrato ante el caballete” de Francisco de Goya, cuando escribe: “Porque las palabras no saben / de volumen ni contorno” (Rodajo 85), le digo: ¿entonces por qué las trabajas? ¿Te estás proyectando en “El desesperado” y por eso le dices: “¡Sácame de aquí, pintor!” (Rodajo 95)? ¿Eres tú, el iluminado que afirma que “todo autorretrato es siempre melancólico” (Rodajo 123) en “Ivar Arosenius”? ¿No eres tú, reflejado en los propios cuadros, el que se retuerce hasta el punto “de surgir en un nuevo / rostro enmarcado” (Rodajo 146) en “Emilio Pettoruti”? ¿No estás borrando el límite entre la realidad y el cuadro, en Honoré Sharrer, y en verdad eres tú quien experimenta que “En cualquier parte del mundo / hay bombas devastando climas y paisajes. / Entonces crees ser aquella / que te muestra la pantalla” (Rodajo 158). ¿Eres tú, el reflejo infinito, en la página 177?
Este libro no se lee a la ligera, sino que exige un trabajo profundo de análisis e indagación. Si bien el autor facilita su lectura mostrando las obras de arte en la página izquierda, muchas veces se hace necesario investigar la vida de los artistas o los géneros que trabaja, como lo es la ya mencionada vanitas y la propia écfrasis. Destaco, por eso, su complejidad y la dedicación de su autor, pues muchas veces sentí, como planteé en un principio, siendo realmente me estaba guiada por un museo, viendo las imágenes y sus detalles, pero sobre todo provocando que yo misma me viera reflejada, tal como él se debió ver reflejado y mezclado entre la pintura, la ficción, la historia y su propia memoria.
En varias ocasiones sentí que la voz me estaba contando un secreto, y que también cada obra lo estaba haciendo a su manera. La lectura me reveló historias de las que no estaba al tanto a pesar de haber cursado ramos de Historia y Arte Moderno y Contemporáneo; me sentí una extranjera en un mundo del que creía estar al tanto. Su intención está clara, llevar al espectador a experimentar un nuevo sentido, porque el propósito de la écfrasis es ese: provocar una interpretación libre de la imagen, en la que se mezclan los referentes y la experiencia misma, tal como le ocurrió a Julio Rodajo con “Autorretrato con un girasol”, y a mí con “El juicio final”.
Para ser honesta, me tomó cinco meses leer este libro, porque para sumergirme en él, volverme parte de él, lo releí varias veces. Conocer al autor en persona en la actividad del Centro de Estudiantes de Lengua y Literatura, organizada en conjunto con el Departamento el viernes 28 de agosto del presente año, me inspiró a recolectar todos los rayones que había hecho en los márgenes, para transformarlos en el “veo, veo” del niño, del alumni ya experimentado, de mi propio reflejo al que le pregunté y respondí en tantos poemas hasta hacerme parte del museo.