Hoy, la escritora Silvia Veloso reseña un nuevo libro de editorial Las Bacantes: Fuga, de Francisco Undurraga. Para Silvia“el libro abre con ese enunciado de muerte y termina con una donación: el poeta entregando su cerebro como un objeto separable del relato y solicitándonos cuidarlo. Ese es, en última instancia, un acto de traspaso, un relevo que no es gratuito pues exigirá de nosotros cuidado, atención y compromiso. Hilar, si se puede, lo que el lenguaje parece estar resistiéndose a decir, darle significado, sobre todo, mantenerlo vivo. Sin relevo, la palabra será palabra muerta”.
Entramos en Fuga de Francisco Undurraga y enseguida debemos disponernos a bajar. A bajar por los elementos y el cuerpo que se adentran como escalones en un viaje de descenso. Siempre hacia abajo. La nota inicial sobre los aspectos técnicos de la fuga musical ya establece un principio constructivo de composición y arquitectura poética. En la fuga una voz expone un tema, una segunda lo imita en otra tonalidad, la primera continúa con un motivo secundario, otras voces llegan, el tema se fragmenta, se estira, se invierte, las entradas se suceden, se superponen o se encabalgan. Un sujeto y un contrasujeto se entrelazan en una suerte de diálogo que en principio podría parecer no llegar a ninguna parte, pero que, al final, termina por conformar una obra unitaria y enigmáticamente armónica.
También de este modo, Fuga, el libro, no es una colección de poemas autónomos o dispersos sino un sistema de variaciones sobre un conjunto de materias y conceptos recurrentes que reaparecen transformados según cada elemento a lo largo de los distintos capítulos. Siempre hacia abajo, marcando el camino descendente que debemos seguir. Tal vez hacia el inframundo.

Pero si el primer poema se abre con“me vinieron a matar y con mi leño morimos abrazados”, quizá ese Hades de la muerte anunciada no nos lleva hacia el fin sino hacia una búsqueda del origen, hacia lo que está antes del sentido y de la forma.
Así, con una imagen de metáforas evolutivas, también leemos en la sección “Fuego abajo” cómo la voz recuerda haber dejado atrás las branquias para erguirse, caminar y aleteando, aleteando, alcanzar la verdad: (alétheia): “escribo signos en la arena / y mis branquias aletean / y mis branquias alethean / y mis branquias alethéian”. Ese aleteo de branquias es como un despertar o una rebelación poco antes de la muerte, o de la transformación, pues ya la voz había pedido imperativamente: “sueños atrás en el barro / en este instante digo ¡regresa!”. Una llamada que solicita un regreso a la resignificación, a resucitar el origen del significado perdido —o, tal vez, nunca alcanzado—.
El descenso parece no dirigirse a la nada final, indaga en el barro anterior a la forma, en el cuerpo antes de haberse levantado del todo para encontrar a su yo. Un yo entendido como ego en su supuesto papel de hacedor trascendente. Concepto que el autor desmonta ya en “Tierra Abajo” cuando dice: «La idea no fue trascender sino circular». En esta idea tal vez se condensa toda la teoría que expresa y constituye la fuga de voces y contravoces del poema. La conciencia de la lengua que se sabe material imperfecto es constante en Fuga. Así, leemos: «el lenguaje no controla la realidad / la realidad juega al emboque»; «la poesía se sacude la explicación / como las gotas el perro».
Hay en la estructura y forma de Fuga una suerte de reto. El duelo de la voz que, consciente de su propio artificio, insiste en relatarse. Primero inicia un descenso a la tierra y al barro, a lo concreto y material, para transitar después un fuego donde se procede a la quema o silenciamiento del yo enfebrecido por el desconcierto. Después vuela en “Aire” y fluye en “Agua”, concentrándose a veces en estructuras muy breves que condensan el sentido casi a la manera de haikus. Los elementos circulan, siempre hacia abajo. Lenguas, cosmogonías o seres pueden convivir y superponerse en ese collage de voces, imágenes y diagramaciones gráficas que van componiendo la fuga. Cada inserción de otro idioma, cada mitología o transición entre formas de lenguaje produce una pequeña disonancia que configura la voz de otra voz dentro de la fuga y así hace resonar el contrapunto.
En ese ir y venir de insertos y giros idiomáticos, diría que Fuga no dialoga con Europa: la digiere, deglute lo occidental. No encuentra ahí lo que está buscando, aunque lo explore a partir de un idioma de esa tradición. El francés de Flaubert, el inglés de Hamlet, el “Sturm und Drang” del romanticismo alemán entran al poema solo para ser rápidamente mordidos, sacados de su solemnidad y devueltos en giros locales o contrastes humorísticos como el Odiseo que (según Undurraga) «se fue de carrete». Mientras, lo americano (Trentrén, el descenso telúrico, la cosmogonía andina implícita en el machay como caverna-útero de la tierra o, incluso en este caso, como embriaguez ceremonial), se incorpora sin comillas, integrado al régimen de indagatoria funeraria del libro.
Esta asimetría tal vez no es casual y se aproximaría a la antropofagia de Andrade y Amaral en el intento de devorar el canon para producir otra experiencia. Pero no jerarquiza, tampoco concede: ya desde el inicio habla de la muerte con la pretensión ritual de»morir escuchando un despedimento».Fuga no llora su propio tránsito, lo canta, se ve morir y, viéndose en esa escena trágica, sigue hablando. Morir puede no ser callar sino, por un instante, escucharse partir.
El libro abre con ese enunciado de muerte y termina con una donación: el poeta entregando su cerebro como un objeto separable del relato y solicitándonos cuidarlo. Ese es, en última instancia, un acto de traspaso, un relevo que no es gratuito pues exigirá de nosotros cuidado, atención y compromiso. Hilar, si se puede, lo que el lenguaje parece estar resistiéndose a decir, darle significado, sobre todo, mantenerlo vivo. Sin relevo, la palabra será palabra muerta.
¿Seremos capaces de hacer algo productivo con esa carga? ¿Tiene ese intento algún sentido? Desde ese anuncio temprano de muerte hemos transitado con la sensación de estar acompañando uno o varios cortejos. No hay necesidad de demostrar ni de construir una lógica para visibilizar lo autoral, esto se deja ir, se fuga en una espiral que declara que «el hilo narrador no cupo en el ojal». La voz que narra es apenas cuerpo y cuenco de tránsito: “Las palabras se piden prestadas / dicen lo que no es”. El poema lo sabe y el poeta también.
Pero si el objetivo, o la idea, nunca fue trascender sino circular, entonces el fracaso de trascender no sería fracaso. Estaríamos ante el descalabro como forma, no como error. No hay rendición en admitir que el intento de nombrar, describir o atrapar en lenguaje la experiencia de la realidad y el pensamiento es un ejercicio vano e incompleto. No por ello, me atrevo a decir, menos bello al persistir aun en la conciencia de su inutilidad y fracaso.
Si no hubiera algo de expectativa y esperanza, Fuga no hubiera pasado de su primer verso, aquel de “me vinieron a matar y con mi leño morimos abrazados”. De ahí tal vez esa puesta a disposición del cerebro del poeta en la coda final, como ofrenda —o como desafío, para que nosotros continuemos ensayando cómo hacer circular con palabras lo inaprensible—.