“Nietzsche lo había intuido: contra Platón, establecía que no hay distinción entre verdad y apariencia. Las verdades son metáforas que olvidaron que lo eran. No hay fondo al que acceder, solo superficies en movimiento. Años después, Benjamin lo formulará de la siguiente forma: ‘en el país de la técnica, la visión de la realidad inmediata se ha convertido en una flor imposible’. Catalina Mena intentar deshojar esa flor“, nos dice la curadora, investigadora y docente Valentina Montero, sobre esta última apuesta de Las Bacantes Editorial.
No leí este libro de un tirón, porque su lectura me obligó a hacer pausas. A entrar despacio en cada verso, a demorarme en las imágenes mentales propuestas. Y también en las sugerentes fotografías de Alejandro Montini que acompañan sus páginas.
Esas fotografías parecen pertenecer a un mismo ominoso inventario de la imágenes del doble. Pienso en la icónica fotografía de Sergio Larraín que muestra a unas niñas en una escalera en Valparaíso; también me recordaron las gemelas de El resplandor de Kubrick, o fotogramas de la película Zoo de Greenaway —sobre dos zoólogos gemelos cuyas esposas mueren en un accidente automovilístico provocado por un cisne y que, tras la tragedia, desarrollan una obsesión enfermiza con la descomposición animal y la simetría—.

El tema del doble a mí también me inquieta.
Aunque no comparto la condición de “gemelidad” —si es que esa palabra existe— que tienen Catalina Mena y su hermana, la idea de vida doble, de la vida posible en algún universo paralelo, siempre se ha colado en mis sueños o devaneos.
Soñar que no soy yo, sino otra; fabular con encontrarme conmigo misma de otra edad —a lo Borges—; creer ver a alguien idéntica a mí en una fotografía antigua. Disociación quizás. Falta de terapia, falta de pastillas o exceso de sustancias… O, tal vez, un deseo inconsciente compartido con muchas más personas de las que podríamos imaginar.
Hace años, caminaba con Zeta —mi ex marido— rumbo a nuestra casa en Concón, por avenida Borgoño, a orillas del mar. Desde un tramo de la entonces derruida costanera se alcanzaba a ver el gran ventanal del living y, con sorpresa, vimos —o creímos ver— a dos personas dentro. Empezamos a fabular con la idea de que esas figuras podíamos ser nosotros mismos. ¿Qué haríamos si al entrar todavía estuvieran ahí y aseguraran —atónitos— ser ellos los verdaderos? Zeta dijo que primero distraería a su doble y, con un golpe seco, lo mataría para arrojar su cuerpo en La Boca, la playa cercana. Yo imaginé lo contrario: tratar a mi doble amablemente, aprovechar la ocasión para observarme en esa réplica 3D, evaluar mis gestos y mis tics, y después ofrecerle un trato: que se quedara en mi lugar; yo, en cambio, huiría feliz a inventarme una nueva vida muy lejos, y todos en paz —era una buena señal de que los días de matrimonio estaban contados—.
Más allá de la anécdota del doble, de las comedias de equivocación o de terror que este tropo despierta, el tema del otro nos acerca a orillas más contingentes, complejas y divertidas: la condición mágica de la cámara fotográfica —al principio la iglesia la consideró diabólica—, la pantalla como superficie especular más que como ventana, las puestas en abismo de la imagen o, incluso, el embrujo de los palíndromos. Dimensiones donde la lógica o el pensamiento filosófico no alcanzan del todo, porque allí la identidad deja de ser una certeza y se vuelve un eco, un reflejo desplazado, una traición o, como se titula este libro, una ilusión óptica.
Catalina Mena lo sabe. Por eso el libro abre con Clarice Lispector: “Lo que miro me mira”, cita. No se trata de un simple epígrafe. Es también una advertencia. Una ecuación que hace evidente una abdicación —no menor— de la voluntad de dominio implícita en el fenómeno de la visión.
La modernidad, sin embargo, organizó la mirada como un dispositivo de colonización de lo visible. La historia de las imágenes está atravesada por ese impulso: el bodegón como exhibición de la riqueza acumulada —lo que está en la bodega—; la naturaleza-muerta como inventario de trofeos de cacería; el paisaje como domesticación visual del territorio. La imagen —ya sabemos— no solo se ha encargado de representar el mundo: también lo ordena, jerarquiza, somete. Con la invención de la fotografía, esa ideología de la mirada da un giro técnico preciso: mirar para fijar, delimitar, clasificar. Un ejercicio de violencia epistémica donde ver equivale a apropiarse.
Es curioso, y sintomático, que el Día Mundial de la Fotografía se celebre el 19 de agosto de 1839: la fecha en que el Estado francés compró la patente del daguerrotipo y la declara “don universal para el mundo”. No obstante, la primera imagen fija había ocurrido trece años antes: Niépce, 1826, ocho horas de exposición desde una ventana de Le Gras, en Borgoña. Este año se cumplen exactamente dos siglos de aquel momento.
La imagen de Niépce es borrosa, casi ilegible. Se constituye desde lo indeterminado, desde lo que apenas se sostiene antes de desaparecer. Nada de la nitidez positivista que convertiría al daguerrotipo en hito científico y técnico. Y, sin embargo, fue esa imagen imprecisa, fantasmal, la que quedó fuera del canon.
Lo que se celebra cada 19 de agosto es la definición, no la sombra.
No es casual, entonces, que la fotografía, desde la práctica hegemónica, haya heredado un léxico bélico o predatorio. “Disparar”, “capturar”, “tomar” una imagen: no son simples metáforas, sino síntomas de una economía de la mirada donde lo visible se vuelve presa. La cámara arranca fragmentos del mundo para reinscribirlos bajo nuevas condiciones de legibilidad y consumo.
Frente a ese régimen, el libro de Catalina Mena ensaya otra cosa.
Su primer movimiento —estructurado en una serie de versos que comienzan con el infinitivo “pensar en…”— nos susurra pequeños mandatos, imperativos suaves que invitan a habitar zonas de indeterminación:“Pensar en que una cosa esté en contra de sí misma”, “Pensar en siameses”.“Pensar en uno y su sombra / en luces que no iluminen / en ciegos que finjan su ceguera / en anversos y reversos”.
Suerte de Prompts que podrían confundir a la IA —a nosotras también—, pero que, en ese hiato de perplejidad, también nos seducen…
“Más allá de la anécdota del doble, de las comedias de equivocación o de terror que este tropo despierta, el tema del otro nos acerca a orillas más contingentes, complejas y divertidas: la condición mágica de la cámara fotográfica —al principio la iglesia la consideró diabólica—, la pantalla como superficie especular más que como ventana, las puestas en abismo de la imagen o, incluso, el embrujo de los palíndromos. Dimensiones donde la lógica o el pensamiento filosófico no alcanzan del todo, porque allí la identidad deja de ser una certeza y se vuelve un eco, un reflejo desplazado, una traición o, como se titula este libro, una ilusión óptica” (Valentina Montero).
Los surrealistas exploraron ese territorio con precisión técnica. El cadáver exquisito, el frottage, el fotomontaje, la doble exposición… En todos estos procedimientos el principio es el mismo: forzar el encuentro de elementos que la lógica mantiene separados. El oxímoron, la paradoja, el collage no son solo figuras retóricas sino operaciones que abren una grieta en la racionalidad normalizada de las cosas. Al reunir lo incompatible producen una fricción que suspende las certezas. Aquello que creemos real hace cortocircuito.
El cortocircuito no es un error; a veces, puede ser una revelación. Cuando era niña y algo hacía corte por la noche —normalmente, algún electrodoméstico mal arreglado por mi padre—, se abría un espacio de fascinación en la casa.
Ese apagón momentáneo nos obligaba a desplazarnos en la penumbra, ir a tientas, a afinar otros modos de percepción desde el extravío.
La voz poética de Catalina Mena parece más cómoda en esas zonas en penumbra. Y si este es un libro sobre la imagen, no busca definirla, ni en el sentido fotográfico —no hay aquí imagen de alta resolución, el HD queda fuera de su interés— ni en el sentido filosófico.
Más bien, a la manera de Spinoza, quien cuatro siglos atrás se ganó el descrédito de sus contemporáneos por definir al cuerpo no por lo que es sino por lo que puede, en el texto de Catalina Mena la imagen se erige desde su potencia. Parafraseamos al filósofo y decimos entonces: ¿qué puede una imagen?
En Ilusión óptica la imagen no está ahí para representar el mundo, sino como potencia que descompone la estabilidad del yo. Mirar es entrar en una zona de contagio entre cuerpos, fantasmas, tecnologías y memorias. La imagen ya no confirma una identidad: la erosiona, la vuelve porosa, la multiplica. Desde sus primeras páginas, el libro instala esa incomodidad perceptiva: “hay un yo observando a un yo”, dice. La subjetividad aparece entonces escindida, duplicada, fuera de sí.
La figura del doble no funciona únicamente como motivo literario o fantástico. Opera como metodología autobiográfica. Cata parece habitada por versiones desplazadas de sí misma: una que mira, otra que posa, otra que recuerda, otra que sueña. El espejo, la fotografía, los negativos, la pantalla de cine no son objetos externos, sino prótesis afectivas de un yo que las usa en una suerte de arqueología emocional.
Asimismo, hay una dimensión muy material del mirar en este libro. La visión nunca es pura. Está contaminada de evocaciones a fluidos, olores, restos orgánicos, sudor, semen, lágrimas, leche, polvo… Esto resulta particularmente evidente en “La cama”, donde el encuadre cinematográfico se vuelve casi intolerable. Nos sentimos intrusos —no solo voyeristas— en la escena donde los cuerpos se fragmentan en piel, manchas, secreciones y texturas. La imágenes ya no ordenan el mundo que describen: lo vuelven viscoso.
El libro insiste, además, en el fuera de cuadro. Lo importante nunca termina de aparecer del todo. El dolor, el deseo y la memoria operan como excedentes de la imagen. Lo visible es una superficie temblorosa. Debajo circulan fuerzas que no pueden estabilizarse.
El poema “La cámara oscura” lo resume de manera exacta y descarnada: “La luz entró por ese orificio y proyectó el mundo sobre la pared opuesta. […] Lo que estaba arriba quedó abajo; lo que estaba a la derecha, quedó a la izquierda. El mundo se dio vuelta, junto con mi cama, mi cabeza y mis pies: eso que suelo llamar yo”.
El libro se emparenta con el intento por desarmar una larga tradición occidental que imaginó la visión como distancia objetiva. Aquí mirar implica ser tocada. Por eso resulta tan significativa la frase “La copia ocurrió antes del original, como si la imagen pensara primero”. Esa inversión desmonta la idea clásica de fotografía como huella de lo real. Ya no hay original estable esperando ser capturado. La subjetividad contemporánea parece fabricarse anticipadamente como imagen. Primero aparece la pose, luego el cuerpo. Primero la proyección, después la experiencia.
Nietzsche lo había intuido: contra Platón, establecía que no hay distinción entre verdad y apariencia. Las verdades son metáforas que olvidaron que lo eran. No hay fondo al que acceder, solo superficies en movimiento. Años después, Benjamin lo formulará de la siguiente forma: “en el país de la técnica, la visión de la realidad inmediata se ha convertido en una flor imposible”.
Catalina Mena intentar deshojar esa flor.
Y, con ello, abre una dimensión melancólica persistente. No una melancolía romántica, sino una melancolía que podríamos apellidar medial. La tristeza de habitar un mundo donde todo puede convertirse en imagen y, precisamente por eso, perder espesor material. Como si la sobreexposición visual hubiera vuelto más inestable la experiencia de existir.
Mirar, después de leer este libro, ya no parece consistir en reconocer algo familiar. Se parece más a convivir con aquello que nunca termina de coincidir consigo mismo.
Quizás por eso el libro inquieta tanto. Podría leerse como el ejercicio autobiográfico de una gemela que encuentra en los aparatos de la imagen el eco de su propia duplicación. Pero va más lejos: instala la sospecha de que toda identidad es una ilusión óptica.