De palmeras, libros y errancias, nos habla hoy la docente e investigadora de la Universidad Católica, Marianne Leighton: “Si, en la selva de mi propio palmar de recuerdos literarios, Heredia representa el yo nostálgico del exiliado, los relatos de Jessica me hacen pensar en el desdoblamiento gozoso de una subjetividad que opta por vestir muchas máscaras. Así, al imaginarse viviendo otras vidas resignifica la errancia. Las historias de este libro me hacen pensar en la resistencia de la palma, ese árbol que es capaz de mantenerse erguido incluso ante el embate del más fiero huracán caribeño, como símbolo del triunfo de la escritura sobre las adversidades del devenir”
La simpatía humana que me liga a Jessica Sequeira ha brotado muy recientemente. La coincidencia fue su germinadora. Coexistimos, sin saberlo, en un mismo campus universitario; correspondimos en el mutuo amor por las letras y la poesía; coincidimos, ya más concretamente, en la mesa de presentación de un libro de poesía. Han sido tres agradables coincidencias que tal vez lleguen a derivar en la complicidad.

Hace unas semanas, la misma Jessica ofició como mensajera para depositar sobre mis manos su más reciente libro Una luminosa historia de la palmera, publicado por editorial Lom. Con las palabras que siguen, quiero presentarlo ante ustedes. Y no me parece mala idea partir, precisamente, con la palabra “complicidad”. Como soy profesora de literatura, abro mi bolsón lleno de nociones que quiero mucho y tomo el lente de lectura que me parece más adecuado: el de la lectura cómplice. Primero, demos el crédito necesario para tal acierto. Como Jessica me ha invitado a pensar en árboles -–en símbolos que, aunque parecieran intercambiables, en realidad no lo son–, imagino al autor de la idea de lector cómplice como un señor de estatura de palmera y que hablaba el español con un entrañable acento que delataba la errancia. Su nombre: Julio Cortázar. Aunque él también sea el culpable de aquel adefesio conceptual del “lector hembra”, sepámosle perdonar su pecado de hombre de su tiempo. Paradójicos, como somos todos, su brillantez de cronopio lo hizo acuñar el concepto desde el que quiero leer el día de hoy.
Así, mi ingreso en el libro de Jessica es como lectora cómplice. La primera lectura la hice en un lugar cercano a uno de mis trabajos: la plaza Pedro de Valdivia. Me senté en un banco y puse el libro en mi regazo. Cotejé su peso ligero, la albura de su portada en contraste con detalles en verde olivo (o verde palmera, debería decir). Luego, leí su contratapa y recabé en estos enunciados: “La palmera (…) induce a la vitalidad. Está en todas partes cuando empiezas a mirar, un emblema secreto y alegre”. Sonó un bocinazo estridente que evitó un choque en la avenida concurrida y, de repente, una extraña brisa sopló desde las alturas y la vi: una palmera centenaria que, aunque me he sentado habitualmente en el mismo banco de aquella plaza durante tres años, recién ahí la descubría. Ya el libro, sin leerlo, me recordaba que hay que mirar.
Enseguida, cerré mis ojos y transité por imágenes de palmeras que se iban acumulando en una hilera ordenada. Sin prisas. Primero aparecieron las de las cotidianidades de mi vida: las de los que nos donan los maravillosos cocos en las costas de la Venezuela de mi infancia; la del diseño del mantel amarillo que pongo en la mesa de mi comedor cuando quiero una atmósfera más alegre; las palmas chilenas que la mecha de la codicia territorial sigue incendiando en este país cada vez más desértico.
Luego surgieron las palmas de las ficciones. Primero, las siluetas de las palmeras exóticas que en la línea del horizonte le anuncian al viajero desgraciado la promesa del oasis salvador en las novelas de aventuras; luego, el nombre de una novela de William Faulkner que leí en mi adolescencia, y de la que sólo recuerdo la sensación de humedad opresiva. Pero enseguida, enseñoreadas, maravillosas, señas de la identidad que no se quiere perder: las palmas de algunos de mis poetas favoritos: los cubanos.
Y recordé a José María Heredia quien, en su “Oda al Niágara”, extasiado ante el “torrente prodigioso”, sufre porque no encuentra en ese paisaje sublime lo único que realmente desea volver a ver:
“Mas, ¿qué en tu busca mi anhelante vista
con inquieto afán? ¿Por qué no miro
alrededor de tu caverna inmensa
las palmas ¡ay! Las palmas deliciosas,
que en las llanuras de mi ardiente patria
nacen del sol a la sonrisa”.
Más tarde, llegó a mi memoria de letras el José Martí de los Versos Sencillos, ese poemario en que el apóstol cubano se dio permiso para mostrarse en la sinceridad de hombre que siente, antes de acometer la estatura de mármol del que se sacrificó por la libertad de su pueblo. Claro y elocuente, Martí comienza su testamento poético enunciando quién es, quién fue: “Yo soy un hombre sincero de donde crece la palma”.
Veo la palmera centenaria y pienso: un árbol puede ser la imagen más elocuente para definir nuestra identidad. Veo nuevamente a mi anciana y saludable compañera vegetal de lectura: sobrevuelo el Caribe, saludo a la palma patriota del escudo colombiano, y llego a las palmas nuestras, cantadas por Gabriela Mistral. Las de Ocoa, las que con:
“un llamado, un palmoteo” (…)
“son unas hembras en pie,
altas como gritos rectos,
(…) reinas alanceadas
que aspiramos y no vemos”.
Doy gracias a Jessica, por hacer luminosa mi mirada citadina que se ha habituado a no mirar y, como diría Mistral en un poema dedicado al árbol cubano, “de palmas llevo marcha lenta” (Lagar) para ingresar en esta particular historia.
Luego surgieron las palmas de las ficciones. Primero, las siluetas de las palmeras exóticas que en la línea del horizonte le anuncian al viajero desgraciado la promesa del oasis salvador en las novelas de aventuras; luego, el nombre de una novela de William Faulkner que leí en mi adolescencia, y de la que sólo recuerdo la sensación de humedad opresiva. Pero enseguida, enseñoreadas, maravillosas, señas de la identidad que no se quiere perder: las palmas de algunos de mis poetas favoritos: los cubanos.
El libro de Sequeira alterna nueve breves textos explicativos (linternas azules que, como sugiere la misma autora, puede que convenga dejar de lado para habitar las historias) y una “jungla ondulante” conformada veinticuatro escritos que oscilan entre el relato y la crónica. En ellos, las palmas conforman un microcosmos en que las frescas ramas de las palmeras adoptan formas variadas en escenas que se desarrollan en múltiples épocas y regiones del planeta: acompañando el amor furtivo de dos jóvenes cultivadores de arroz en Tailandia (“Nos matarían si supieran, dices, y la sombra que cae sobre tu cara viene de tu sombrero. Los árboles están mirando, siempre mirando”) ; evidenciando los horrores del extractivismo (el cultivo de miel de palma y palmitos: “Ellos sabían sobre palmitos (…) Las palmeras con un solo tallo, palmeras solitarias, mueren cuando se les remueve el corazón (…) Seremos palmeras con dos tallos y encontraremos la manera de sobrevivir juntos, incluso si nuestros corazones son extirpados”); dando imagen al deseo de exotismo (dice la voz de un capitán de barco islandés: “Si yo fuera árabe, quizá habría soñado [con] una palmera, de esas que nunca he visto pero de las que hablan nuestros viajeros”) o, por el contrario, al odio hacia ese emblema del anhelo colonialista que aleja a un hombre de su mujer (“Querido Dios, con tu grandiosidad, arranca de raíz todas esas horribles palmeras extranjeras”); volviendo a contar escenas bíblicas (en concreto, una reflexión sobre el momento en que, al entrar en Jerusalén, Jesús es recibido con una agitación de ramas de palmeras); imprimiendo sus hojas palmeadas para enfrentar el aburrimiento del lujo (“La Duquesa de las Palmeras, me dicen, porque me gustan estos detalles exóticos. Todos estamos locos por las palmeras, pero creo que yo saqué el coco más loco. Se necesitan distracciones”); y, sobre todo, como emblema de la nostalgia desgarrada de la naturaleza que se va eclipsando en el monopolio existencial de las ciudades (en Nueva York, un gurú enuncia: “Lo que más recuerdo son las palmeras de mi tierra, y pensaba que sería lindo colgar un póster que las mostrara. Sin embargo, no logré encontrar ni uno solo que pudiera replicar lo que recordaba. La forma estaba ahí, pero faltaba la esencia”).
Si, en la selva de mi propio palmar de recuerdos literarios, Heredia representa el yo nostálgico del exiliado, los relatos de Jessica me hacen pensar en el desdoblamiento gozoso de una subjetividad que opta por vestir muchas máscaras. Así, al imaginarse viviendo otras vidas resignifica la errancia. Las historias de este libro me hacen pensar en la resistencia de la palma, ese árbol que es capaz de mantenerse erguido incluso ante el embate del más fiero huracán caribeño, como símbolo del triunfo de la escritura sobre las adversidades del devenir.
Para cerrar esta breve presentación de lectora cómplice, me apropio de las palabras de la autora para invitarlos a leer esta historia que quiere ser luminosa pero sólo lo conseguirá si hay suelo fértil en los lectores o, en palabras de Jessica, si estos, ustedes llegan a ser:
“Como abejas melíferas, [que] visita[n] las flores de las palmeras, llevando el polen de una anécdota a otra, buscando extraer el néctar y traducirlo”
3 de diciembre de 2026
Imagen principal de esta publicación: “El congreso. De la serie pictográfica de Santiago”, de Enrique Zamudio