Hoy, Federico Eisner, escritor, investigador, gestor cultural y miembro de la Orquesta de Poetas, nos reseña el libro Nunca se supo (Editorial JC Sáez), antología a cargo de Chinoy y Joaquín Miranda Puentes, que reúne el mundo de la música con el mundo de la poesía: “Así es: muchos músicos escriben poesía, algunos más sistemáticamente, algunos asocian su letrística al oficio de la poesía, otros han tomado talleres para alimentar sus líricas, otros se animan con algunos versos de vez en cuando. Pero es cierto que en un país con una tradición poética tan fuerte, no es fácil mostrarse “desde afuera”, y los poetas del mundillo suelen (¿solemos?) ser malos lectores de los extramuros de la poesía, y bastante lapidarios también”.
Esta antología es un libro necesario. Un secreto a voces, algo que “siempre se supo” sin que prestáramos demasiada atención. Así es: muchos músicos escriben poesía, algunos más sistemáticamente, algunos asocian su letrística al oficio de la poesía, otros han tomado talleres para alimentar sus líricas, otros se animan con algunos versos de vez en cuando. Pero es cierto que en un país con una tradición poética tan fuerte, no es fácil mostrarse “desde afuera”, y los poetas del mundillo suelen (¿solemos?) ser malos lectores de los extramuros de la poesía, y bastante lapidarios también. Esta es una crítica que, por ejemplo, Nano Stern ha deslizado en más de una ocasión (también en este volumen con “Incluso en la tradición”, un buen poema en décimas). Así que lo primero que quiero hacer es celebrar esta idea impulsada por Chinoy, quien ha demostrado un oficio e interés sostenido por la poesía chilena, más allá de sus propias canciones, que de por sí ya tienen un desarrollo lírico interesante (su poema en este libro, “Resumen de vida en un bar en Ciudad de México” despliega imágenes interesantes y un gran remate “invento unos versos para el despegue / para abandonar la convocatoria / e ir tras la canción que pague de una vez / todas las rimas / todas las cuentas”).

El libro también está liderado por Joaquín Miranda Puentes, lingüista y luthier, que junto a Chinoy comparten una cercanía con el mundo de la poesía popular y el verso métrico, – no debemos olvidar que en Chile esta tiene una larga y muy viva tradición, a ratos apartada del universo poético del mundillo, a ratos más cercana. Cabe mencionar también el trabajo editorial de Germán Carrasco, figura central de la poesía chilena desde los noventa, que hace poco nos dejó muy tempranamente por una fulminante enfermedad. Carrasco escribe el prólogo del libro, y no deja de impresionarme la cantidad de sentencias con las que estoy en desacuerdo, casi tantas como las que comparto. Este no es un espacio para discutir con él desde el más acá. Solo dejo constancia de que no concuerdo con que “el poema es una partitura para no ser interpretada”, básicamente porque quién puede decir tajantemente lo que es el poema, quizás uno de los desarrollos intelectuales más complejos e insondables de la cultura humana. En todo caso me interesa su contradicción cuando poco después señala que “quizás es interesante intentar todo: musicalizar, mezclar, dialogar, equivocarse con ganas”, con lo cual concuerdo plenamente.
Mi principal crítica al libro es que intenta ser abarcador e inclusivo, pero al hacerlo deja de preocuparse por el oficio poético, y se notan demasiado algunas amistades y afinidades de ese otro mundillo, el de la música, que aunque lo parezca menos, puede ser tanto o más cerrado que el de la poesía. En esa misma lógica, por ejemplo, la presentación de cada autor se centra en su trayectoria musical, asumiendo que eso es lo importante, cuando debiera serlo su acercamiento al oficio de escribir, si ya ha publicado, si ha tomado talleres, qué autores le interesan, etcétera.
Insisto en que es un libro necesario porque da pie a una discusión particular sobre cómo las disciplinas artísticas siguen siendo celosas, con razón o no, de sus dominios. Y los músicos suelen arriesgarse poco a esa situación de riesgo, por lo que lo celebro profundamente.
Los aciertos del libro son poco sorprendentes, lo cual decepciona, porque aunque son muy buenos aciertos, uno querría derribar sus propios mitos sobre la ilustración de nuestros músicos populares, que en su gran mayoría escriben versos sin tener noción de lo que está pasando en la poesía chilena actual, y allí subyace la idea de que cualquiera puede escribir poesía. ¡Pregúntele a un músico si cualquiera puede hacer música!
Entre los aciertos del libro, es evidente que comienza con grandes nombres. En primer lugar Patricio Manns y su poema “La vida total”: “La vida es un espacio entre dos muertes / La muerte es un silencio del amor / El amor es un orgasmo entre dos lágrimas / La lágrima es un lago sin su canto…”, y sigue y sigue en un ejercicio tan clásico como bien ejecutado. Otro tanto podemos de decir Payo Grondona con su “Adivinanza”: “Un país que está lleno de esperanzas / pero que no cree en el futuro / Un país que está lleno de recuerdos / pero que no cree en el pasado”. O el gran Pancho Sazo que en “Sobre las palabras” va magistralmente al centro del problema de este libro: “lo mio es la casi poesía: / hacer letras de canciones”, y que remata con un verso que se carga con una discusión que tiene siglos: “Es el compositor quien lleva el alma / del casi poeta”. Pero estamos hablando de personajes que superan por mucho su rol de músicos, son sandías caladas del pensamiento de este país, por lo que no son ninguna sorpresa, y si ese fuera el criterio, no se comprende que el libro no comience con las décimas de Violeta Parra, que son una cumbre de la poesía chilena y que las escribió la figura por muy lejos más importante de la música nacional.
Mi principal crítica al libro es que intenta ser abarcador e inclusivo, pero al hacerlo deja de preocuparse por el oficio poético, y se notan demasiado algunas amistades y afinidades de ese otro mundillo, el de la música, que aunque lo parezca menos, puede ser tanto o más cerrado que el de la poesía. En esa misma lógica, por ejemplo, la presentación de cada autor se centra en su trayectoria musical, asumiendo que eso es lo importante, cuando debiera serlo su acercamiento al oficio de escribir, si ya ha publicado, si ha tomado talleres, qué autores le interesan, etcétera.
Y, claro, ahí está en buenahora Colombina Parra sacando la cara por la familia, y con honores como debe ser: “Otro dice que hay que empezar de nuevo / y una voz chiquitita dice que mejor explota / Saca una pelota / y dispara. Uno en la rodilla y otro en la capota”, dejando colarse la crudeza y el hermoso desgano de sus canciones. Otro tanto sucede con Sebastián Redolés, fiel y haciendo honor al estilo del bello barrio con su buen poema “Fuga de luz”. Se incluye también a Gonzalo Henríquez (admirado colega y amigo cercano). Sus textos sobresalen sin ninguna duda, y sin ninguna sorpresa, pero Gonzalo hace ya parte del mundo de los poetas y se dedica a ello. Es un poco trampa, sería como incluir a Redolés (el viejo). Me pregunto si Tata Barahona comprendió la sutileza de la jugada y por eso mandó apenas dos brevísimos textos que poco dicen de su vasto trabajo lírico y sostenido interés por la poesía chilena.
Destaco “Poemas de amor” de Camila Moreno, porque me impresionó sobre todo su simple y certera lectura en voz alta durante la presentación del libro, felizmente contradiciendo unos versos cargados de erotismo: “y el sudor / y los muslos / son gemelos perfectos / ángeles de músicas sublimes / melodías tristísimas / de futuros monstruosos”.
Al final del libro Chinoy señala que “se pueden extraer ciertas conclusiones estéticas, a saber, cómo conciben el poema y cuáles son las soluciones y atajos que toman los músicos ante el texto poético”. Pero esto se queda ahí y ni Chinoy ni Carrasco lo aclaran. Pienso que no, que realmente no se pueden extraer dichas conclusiones de una muestra tan ecléctica. Hay mucho problema de ripio, de falta de taller de escritura o simplemente de oficio, de desconocimiento de referencias. No mencionaré a nadie de esa lista, pero aclaro que se trata de un universo de 56 poetas, y estoy destacando menos de un tercio. También hay casos de escritura regidas por lógicas de la canción. Y la canción cuando canta arregla mucho con el fraseo y con la expresión vocal, como pasa, por ejemplo, en la combinatoria de “Cuarto de hotel” de Francesca Ancarola: “Se levantó en silencio / cuarto de hotel ausente / y se vistió cansada / y se pagó en silencio (…)Se levantó cansada / cuarto de hotel temprano / y se vistió en silencio / y se pagó ausente”. Un bello texto, pero para una canción, porque lo que sí es cierto es que no todo vale en poesía. Por eso yo recompondría la afirmación de Carrasco “el poema es una partitura para ser interpretada de distintas maneras”, diciendo que, sin duda, este debe funcionar primero en cuanto poema y dentro de esa tradición, cuestión que no es tan fácil de lograr, para nadie. Y es que como es de esperar, hay muchas semillas para buenas letras de canciones: Barría, Pierattini, Doctor Pez, Magdalena Matthey. Ese es otro maravilloso oficio, que a veces se puede confundir de maravillosas maneras. Y eso está muy bien, aunque no siempre se sostenga sobre la página en blanco.
Sé que tal vez estoy siendo injusto con muchos esfuerzos aquí contenidos, toda crítica es profundamente injusta y parcial, quizás incluso más lo primero que lo segundo. Pero para compensar tanta injusticia de mi parte, Cancamusa presenta un único poema “Ella salta”, y en su caso se logra lo que para mí es lo más importante de toda antología, querer leer a más de alguien en particular. Algo similar sucede con “Pretender” de Chini.png. De pronto me siento en contradicción defendiendo más gente de la que suponía, enhorabuena. Ah sí, es muy buen final de libro el de Dulce y Agraz con su poema “Cómo despedirse sin decir adiós”. Quizás como un músico escribiendo poesía.