Hoy María José Barros, académica de la Universidad Adolfo Ibañez, reseña esta importante publicación reciente, traducida por Gabriel González para Editorial Usach: “Y es aquí cuando el volcán Peleé, formación geológica que emerge desde las profundidades de las tierras martiniqueñas, se manifiesta con toda su belleza y vitalidad en la literatura de Césaire. Ella lo menciona en su ensayo “El gran camuflaje”, publicado en 1945, articulando hacia el final del texto un imaginario ígneo que nos invita a pensar metafóricamente las Antillas africanas como un gran “incendio” (81) que resiste y se niega a desaparecer. Dicho esto, pienso que en la escritura de Suzanne Césaire late un deseo profundo por recobrar el poder de la imaginación y la creatividad inherente a toda práctica artística. Ese es el fuego que jamás se apaga del todo. Frente al despojo de la vida misma y la censura que ella y sus compañeros debieron sortear, la resistencia anticolonial también se libra en el territorio de la literatura y del arte”.
La primera vez que tuve noticias de Suzanne Césaire (1915-1966) -escritora e intelectual de Martinica y cofundadora del movimiento literario y político de la negritud- fue hace solo un par de semanas, cuando recibí un ejemplar de El gran camuflaje. Escrituras de disidencia (1941-1945) de manos de Gabriel González. Gracias a su trabajo pionero de traducción e investigación, en este volumen se reúnen en español los siete ensayos que la autora afrocaribeña publicó a inicios de la década de los cuarenta en la revista Tropiques de su isla natal. Estos son los únicos textos que hasta la fecha se conocen de ella. Debo decir, por lo tanto, que al momento de leer este libro poco y nada sabía sobre Suzanne Césaire y me imagino que a muchos lectores les pasará lo mismo. En este sentido, valoro los estudios preliminares de María Elena Oliva y Gabriel González incluidos en esta primera edición en español, así como otros materiales de interés: el prólogo que Daniel Maximin escribió para la compilación francesa de estos ensayos, algunos textos de Aimé Césaire inspirados en su mujer, un poema de su hija Ina Césaire, un escrito de André Breton dedicado a la autora y fotografías de su vida privada y pública. Todos estos documentos, sumados a los textos de Suzanne Césaire, permiten familiarizarse con la trayectoria biográfica e intelectual de esta figura injustamente olvidada y con la historia colonial de las Antillas durante el período de entreguerras y de expansión del nazismo.

Mientras avanzo en la lectura, la escritura multifacética y vigorosa de Suzanne Césaire emerge cada vez con más tenacidad en sus ensayos breves y a ratos fragmentarios, en los que aborda temáticas en apariencia desconectadas entre sí: desde las civilizaciones africanas estudiadas por Leo Frobenius hasta la poesía de John-Antoine Nau y el surrealismo de André Breton. Ya lo decía Lucía Stecher en la presentación del libro que tuvo lugar en el Museo Violeta Parra: para sortear la censura de su tiempo, Suzanne presentó sus escritos como si fuesen simples reseñas sobre intelectuales y escritores europeos dirigidas a la instrucción del público antillano. Los integrantes del grupo de la revista Tropiques eran casi todos profesores de escuelas públicas y, en este sentido, la presentación de los textos como reseñas o lecciones resultaba coherente con su oficio. Sin embargo, tras este “camuflaje” textual, subyacen pulsiones, resistencias y voluntades tanto políticas como estéticas que apuntan hacia un proyecto radical y expansivo de descolonización. No solo de Martinica y su pueblo, asediado por un colonialismo francés de larga data y el régimen fascista de Vichy, sino también de las estructuras de esclavitud, racismo y asimilación cultural inscritas “so pena del látigo y de la muerte” (64) en las vidas de los colonizados. En consecuencia, la lucha anticolonial defendida por Césaire implica recobrar la autonomía territorial y política de Martinica, pero también conquistar la emancipación cultural, artística y simbólica respecto de los cánones e imaginarios europeos que han hecho del Caribe una “otredad” exótica y racializada a la vez.
Suzanne Césaire y sus compañeros de ruta comprendían con claridad que la violencia colonial se enquista en lo más profundo de los pueblos y que el “deseo de imitación” (67) no es más que una estrategia de sobrevivencia frente a una historia de deshumanización lacerante. Algunos años más tarde, Franz Fanon analizaría en Piel negra, máscaras blancas (1952) este complejo proceso de inferiorización y enajenación que configura la subjetividad de los sujetos colonizados, desde un enfoque anticolonial que aúna psicoanálisis y marxismo. En el contexto de “doble coloniaje” (Castro 17) que asola a Martinica en los albores de los años cuarenta, los ensayos de Césaire despuntan como una literatura enérgica y desobediente. Resuena en sus textos el ímpetu fundacional y transgresor de los manifiestos vanguardistas; sin embargo, a diferencia de estos escritos abiertamente programáticos, la autora despliega entre líneas sus denuncias sobre la sociedad colonial y las enmarca en reflexiones literarias, estéticas y antropológicas que le permiten desviar la atención de las autoridades políticas. Sin caer en la autocensura y con una creatividad desbordante, el impulso anticolonial de Suzanne atraviesa su escritura como una fuerza soterrada y sostenida.
Y es aquí cuando el volcán Peleé, formación geológica que emerge desde las profundidades de las tierras martiniqueñas, se manifiesta con toda su belleza y vitalidad en la literatura de Césaire. Ella lo menciona en su ensayo “El gran camuflaje”, publicado en 1945, articulando hacia el final del texto un imaginario ígneo que nos invita a pensar metafóricamente las Antillas africanas como un gran “incendio” (81) que resiste y se niega a desaparecer. Dicho esto, pienso que en la escritura de Suzanne Césaire late un deseo profundo por recobrar el poder de la imaginación y la creatividad inherente a toda práctica artística. Ese es el fuego que jamás se apaga del todo. Frente al despojo de la vida misma y la censura que ella y sus compañeros debieron sortear, la resistencia anticolonial también se libra en el territorio de la literatura y del arte. En este contexto, su escritura opera como una práctica creativa, libre y revolucionaria, desde la cual ensaya y despliega una voz propia, que es subjetiva y múltiple al mismo tiempo. “Sabemos dónde estamos, aquí en Martinica” (72), escribe en 1943, posicionando su voz autorial como un discurso situado y representativo de un colectivo martiniqueño, pero sin borronear su condición de mujer afrocaribeña: una escritora transatlántica, madre de seis hijos y esposa de Aimé Césaire, referente ineludible de quienes se atrevieron a reivindicar con orgullo su diferencia racial.
En consonancia con el surrealismo bretoniano, para Suzanne Césaire la literatura funciona como un espacio de experimentación y liberación psíquica frente a las ataduras de la razón, pero ante todo como un territorio simbólico y material en disputa, donde los “condenados de la tierra” -según el decir de Fanon- debieron conquistar su derecho a pertenecer y hablar por sí mismos. “Esta tierra, la nuestra, solo puede ser lo que nosotros queramos que sea” (68), escribe Suzanne en su ensayo “El malestar de una civilización” del año 1942, afirmación que permite entender su praxis literaria como un ejercicio de agencia política y autodeterminación frente a los mandatos tanto coloniales como patriarcales. Si la letra ha sido una de las armas utilizadas por el poder imperial para ejercer el sometimiento de las poblaciones colonizadas y justificar su ideología racista, lo que hizo Césaire -y tantos otros- es apropiarse subversivamente de la escritura y la lengua del dominador para narrar creativamente su propia historia y voluntad de ser.
En este sentido, los ensayos de Suzanne Césaire se inscriben con claridad en el corpus de producciones textuales que Achille Mbembe ha denominado “conciencia negra del negro” (71, cursivas en el original). De acuerdo con el intelectual camerunés, este conjunto de obras del siglo XX nace en las grandes metrópolis de Estados Unidos, el Caribe, Europa y África, configurando una red mundial y políglota en la que circulan ideas y se constituye “un imaginario negro moderno” (Mbembe 71). Sin embargo, la voz de Suzanne no ha sido del todo escuchada. Como bien explica Gabriel González en su presentación del libro, frente a la monumentalidad de los dirigentes masculinos del movimiento de la negritud, su figura ha sido obliterada y relegada al rol de esposa de Aimé Césaire (González 17). Por ello, celebro la publicación de El gran camuflaje y me sumerjo en la escritura volcánica de esta intelectual afrocaribeña para apuntar brevemente algunas ideas-fuerza que mueven su pensamiento político e imaginación literaria.
Por una literatura caníbal y martiniqueña
La pregunta por el advenimiento de un “arte nuevo” también está presente en los ensayos de Suzanne Césaire, lo que sin duda es coherente con sus reflexiones metaliterarias y el diálogo continuo que ella establece con las vanguardias y, específicamente, el surrealismo de Breton. En su ensayo “Alain y la estética” (1941), la autora realiza en primera instancia un repaso de las principales definiciones proporcionadas por Alain en su obra Sistema de las Bellas Artes; sin embargo, con el correr de las páginas, este propósito se convierte en un puntapié para disputar con las concepciones clásicas y proponer su propia visión sobre el arte de vanguardia: “Ahora se trata de captar y admirar un arte nuevo que, pese a mantener al hombre en su verdadero sitio, frágil y dependiente, abre al artista posibilidades insospechadas, en el espectáculo mismo de las cosas ignoradas o silenciadas” (50). La literatura, entonces, sería una “vía de acceso” (50) hacia esa zona misteriosa y extraña del inconsciente que tanto fascinó a los surrealistas. Césaire concluye su escrito planteando que este “arte nuevo” es una respuesta “a una nueva consciencia del mundo, a una nueva consciencia del humano” (52).
Si bien hasta aquí no se aprecia nada radicalmente original ni novedoso en el marco de los debates que convocaron a las vanguardias históricas, pienso que la idea de “una nueva consciencia” no puede ser leída de manera descontextualizada ni universalizante. Ya lo decíamos anteriormente: Suzanne Césaire se encarga de visibilizar su lugar de enunciación mediante distintas estrategias textuales y la isla de Martinica aparece una y otra vez como el territorio afectivo que detona su escritura. Por lo tanto, esa “nueva consciencia” sobre la que escribe Césaire es también el advenimiento de una consciencia negra y colectiva, que se proclama con claridad en un ensayo publicado dos años más tarde, titulado “1943: el surrealismo y nosotros”. En este texto, Suzanne Césaire realiza una férrea defensa del surrealismo bretoniano y de su relevancia para el continente americano y el mundo entero. En un contexto marcado por la ocupación del nazismo en Francia y sus colonias, ella reivindica la vigencia de este proyecto artístico y político porque allí visualiza la concreción de un valor revolucionario en disputa: la libertad. En palabras de la autora martiniqueña:
“Pero cuando en 1943 la libertad misma se encuentra amenazada en todo el mundo, el surrealismo, que no ha cesado ni un solo instante de estar al servicio de la más grande emancipación del hombre, aspira a ser sintetizado en esta sola palabra mágica: libertad” (70).
Lo interesante es cómo este planteamiento de Césaire transita al final del ensayo hacia una reivindicación del surrealismo en clave antillana, anticolonial y antifascista. Sin rodeos, la escritora se refiere a “estos duros años de la dominación de Vichy” (72) y sostiene que gracias al surrealismo se ha reforzado “nuestro sentimiento revolucionario de la vida” (73). En el marco de la Segunda Guerra Mundial y la opresión colonial en distintas partes del mundo, el surrealismo europeo se convierte en “nuestro surrealismo” (73), siendo metaforizado como un “pan” que hará “trascender las sórdidas antinomias actuales: blancos-negros, europeos-africanos, civilizados-salvajes” (73). La metáfora de la alimentación para pensar los intercambios y apropiaciones entre referentes culturales heterogéneos confirma la idea de una literatura caníbal que Suzanne despliega en su propia escritura y que ya había anunciado en un ensayo publicado en enero de 1942.
“Frente a la literatura colonial que crea una imagen deshistorizada y despolitizada de las sociedades caribeñas, la respuesta de Suzanne Césaire consiste en proclamar la fundación de una literatura nueva desde Martinica. Una literatura caníbal, sin miedo a la mezcla ni a las contradicciones, crítica de los relatos esencializantes de la ancestralidad negra, donde la heterogeneidad cultural se mastica y deglute para dar vida a una fuerza creativa nueva y emancipadora. Y mientras leía este ensayo de Césaire resonaba en mí el texto de Borges “Kafka y sus precursores”. Porque no podía dejar de pensar en las conceptualizaciones que otras escritoras e intelectuales latinoamericanas recientes han propuesto para seguir interrogando e imaginando el devenir de los contextos coloniales desde una perspectiva feminista interseccional. Pienso en la noción de frontera de Gloria Anzaldúa (1978), en lo ch’ixi de Silvia Rivera Cusicanqui (2018) y en la impureza champurria de Daniela Catrileo (2024), cada una con sus propios énfasis y particularidades, todas “precursoras” de la voz de Suzanne” (María José Barros).
En términos concretos, me refiero a “Miseria de una poesía: John-Antoine Nau” (1942), un texto brevísimo, cargado de ironía y agudeza, en el que Césaire recurre a la figura de Nau para cuestionar “la literatura de hamaca” (61) escrita desde una perspectiva blanca, en la que se construye una imagen idealizada y homogeneizante de las Antillas. Tres décadas después, Edward Said (1978) acuñaría el concepto de “orientalismo” para referirse a este tipo de discursos y representaciones exotizantes creadas por “Occidente” con respecto a ciertas culturas de “Oriente”. En esta línea, Suzanne incorpora en su texto algunos fragmentos de la poesía de John-Antoine Nau que hablan por sí solos. Los clichés sobre la naturaleza paradisíaca de Martinica y sus habitantes, así como el cinismo adulador con el que describe una escena de acoso sexual, obliteran cualquier rastro de la violencia racial y de género que allí se vive. Por ello la escritora martiniqueña sostiene sobre Nau: “Sí mira, pero no ha “visto”. Llega a compadecerse del negro. Pero no ha conocido el alma negra” (60). Y concluye su ensayo con una diatriba que sin duda nos retrotrae al tono beligerante de las vanguardias:
“Vamos pues, que la verdadera poesía está en otra parte. Lejos de las rimas, de los lamentos, de los alisios, de los loros. Bambús, decretamos la muerte de la literatura doudouista. ¡Y al diablo los hibiscos, las plumarias y las buganvillas! La poesía martiniqueña será caníbal o no será ”(61).
Frente a la literatura colonial que crea una imagen deshistorizada y despolitizada de las sociedades caribeñas, la respuesta de Suzanne Césaire consiste en proclamar la fundación de una literatura nueva desde Martinica. Una literatura caníbal, sin miedo a la mezcla ni a las contradicciones, crítica de los relatos esencializantes de la ancestralidad negra, donde la heterogeneidad cultural se mastica y deglute para dar vida a una fuerza creativa nueva y emancipadora. Y mientras leía este ensayo de Césaire resonaba en mí el texto de Borges “Kafka y sus precursores”. Porque no podía dejar de pensar en las conceptualizaciones que otras escritoras e intelectuales latinoamericanas recientes han propuesto para seguir interrogando e imaginando el devenir de los contextos coloniales desde una perspectiva feminista interseccional. Pienso en la noción de frontera de Gloria Anzaldúa (1978), en lo ch’ixi de Silvia Rivera Cusicanqui (2018) y en la impureza champurria de Daniela Catrileo (2024), cada una con sus propios énfasis y particularidades, todas “precursoras” de la voz de Suzanne.

“Fuego vegetal”: pensar y escribir desde una naturaleza con agencia
La homologación de los sujetos colonizados con una naturaleza salvaje que debe ser domesticada, o bien con un paisaje edénico que se delimita y conserva para ser contemplado a distancia, es una estrategia de dominación física y simbólica de larga data que opera en distintos discursos culturales. Como bien sostienen ciertas corrientes ecofeministas (desde Vandana Shiva hasta Yayo Herrero), lo que subyace a estas representaciones coloniales y patriarcales de los territorios ricos en biodiversidad y de sus poblaciones indígenas es, a fin de cuentas, la idea de la naturaleza como una “otredad” feminizada, una terra nullius, que puede ser conquistada, saqueada y explotada. Esta visión predatoria y mercantil de la naturaleza es la que aún predomina en el capitalismo extractivista actual.
En los ensayos de Suzanne Césaire, la naturaleza también está presente, pero de una manera radicalmente distinta. Porque escribir desde/sobre Martinica -y no desde la mirada afuerina del turista o colono- le permite comprender que la riqueza natural y cultural de su isla se encuentra entretejida a la sociedad y su historia. Dicho de otra manera: para Césaire lo natural no es una exterioridad ajena o separada de lo humano, como bien dijo Ana Pizarro en el lanzamiento del libro. Y la naturaleza, a su vez, es visualizada por la autora caribeña como una entidad viva, dinámica y con agencia, que se resiste a ser destruida y dominada. En este sentido, quisiera rescatar dos ideas con respecto a la consciencia ecológica avant la lettre de Césaire.
La primera se relaciona con la definición del sujeto martiniqueño como un “hombre-planta” (Césaire 65). En “El malestar de la civilización” (1942) Suzanne retoma algunas ideas abordadas en su ensayo sobre Frobenius y las culturas africanas para aplicarlas a la pregunta por la identidad de su pueblo. En pocas palabras, lo que ella propone es que el “ser profundo” (65) martiniqueño encuentra su origen en la cultura etíope y su identificación con la planta y un ritmo respetuoso de los ciclos naturales, pero que esta manera de vivir el mundo ha fracasado. Si bien Suzanne niega de manera explícita cualquier fantasía de retorno a una africanidad ancestral y reivindica su comprensión de la “raza” como “el resultado de la más continua mezcla” (68), me interesa poner de relieve su idea del “hombre-planta” porque dialoga directamente con su espíritu anticolonial y manera de entender la naturaleza. Veamos cómo define este concepto:
“[El hombre-planta] es tenaz como solo la planta sabe serlo. Es independiente (de la independencia y autonomía de la planta). Se abandona a sí mismo, a las estaciones del año, a la luna, al día más o menos largo. A la cosecha. Y siempre y en todo lugar, en las más mínimas representaciones: la primacía de la planta, la planta pisada pero todavía viva; muerta, pero renaciente; la planta libre, silenciosa y altiva” (65).
A diferencia de la “visión extractiva” (Gómez-Barris 31) que piensa la naturaleza -y sobre todo el mundo vegetal- como un ente pasivo, Suzanne Césaire dota a la planta de autonomía, fuerza y agencia. La dignidad y altivez que la escritora caribeña observa en las plantas es lo que ella desea y proclama para su pueblo sometido al poder colonial. Por lo tanto, la identificación del martiniqueño con el “hombre-planta” no es solo una reivindicación de las raíces africanas, sino una manera de pensar la lucha por la descolonización de su país y las Antillas. En consecuencia, en la literatura de Césaire se resignifica la homologación entre ser humano y naturaleza desde una perspectiva política y cultural emancipadora, que pone en el centro la idea de un territorio vivo.
La segunda idea sobre el pensamiento ecológico de Suzanne Césaire se relaciona con la consciencia de habitar una tierra fértil, abundante y hermosa, riqueza natural que se admira y valora, pero que contrasta radicalmente con los estragos sociales provocados por tres siglos de colonialismo. Observo esta mirada de manera especial en “El gran camuflaje” (1945), el último ensayo que publicó en Tropiques y el que más me fascina. Según lo señalado por Elena Oliva en su prólogo, este texto expone “una manera de comprender la historia del Caribe desde adentro” (12). Efectivamente, Suzanne aborda las consecuencias de la violencia colonial, entrelazando magistralmente las dimensiones políticas, sociales, culturales y naturales de esta historia de diáspora y esclavitud, pero también de resistencia y creatividad colectiva. A esto se suma la elaboración de una textualidad híbrida, que transita entre la crónica, las escrituras del yo, la prosa poética y el montaje vanguardista, yuxtaponiendo múltiples densidades espaciotemporales y culturales que coexisten en el archipiélago antillano: desde los aviones de Pan American Airways System que irrumpen en el cielo hasta los tambores africanos que mueven los cuerpos de los campesinos y los volcanes. Lo interesante es cómo este relato caleidoscópico se articula desde una subjetividad sensible y atenta a los ritmos, sonidos y metamorfosis de una tierra rebosante de vida.
Ciertamente, los paisajes tropicales ocupan un lugar fundamental en “El gran camuflaje”. Césaire comienza su relato con la descripción de la naturaleza exuberante de las Antillas, la que observa y evoca a propósito de un vuelo rumbo a Haití, distancia física y visual que se marca textualmente en el uso recurrente del deíctico “allí”. En este contexto, la autora pone especial énfasis en aquellos fenómenos naturales e impredecibles como el ciclón, en los que se conjuga la vida y la destrucción al mismo tiempo. Se detiene en el “poder del agua” (75) que remece el mar, en los pescadores asustados, en los vientos huracanados que se mueven hacia Florida, en las señales de radio que comienzan a fallar, en la lluvia y el canto de las cigarras al salir el sol: “Las cigarras haitianas piensan en chirriar el amor. Cuando no queda ni una gota de agua en la hierba quemada, cantan furiosamente que la vida es bella y estallan en un grito demasiado vibrante para un cuerpo de insecto” (76). Es una naturaleza dinámica, interrelacionada y poderosa, que recuerda al ser humano su vulnerabilidad y dependencia.

Esta misma naturaleza es la que, en distintas circunstancias de la vida, detona en Suzanne ciertos estados de “revelación” (76) con respecto a Martinica y su belleza inigualable, pero también sobre los dolores e injusticias que aquejan a su pueblo. Las memorias de algunas experiencias pasadas en la ladera del volcán Pelée (Martinica) y las montañas de Kenscoff (Haití) son recordadas por la escritora como instancias casi epifánicas, que le han permitido adentrarse en la herida colonial del Caribe: “Y, a partir de este momento, una lucidez total. Mi mirada, más allá de estas formas y estos colores perfectos, capta, encima del muy hermoso rostro antillano, sus tormentos interiores” (77). La evocación de ambas escenas de contacto profundo con la naturaleza redirecciona el texto hacia una sentida reflexión social sobre el colonialismo interno de su país y la explotación de “nuestros jóvenes obreros” (78) en las fábricas. Pero Césaire va más allá de la denuncia y vislumbra que, en medio de las máquinas, hay “una invisible vegetación de sueños” (79) que en algún momento conducirán a una transformación radical. Las plantas, nuevamente, movilizan en su escritura un discurso utópico y anticolonial.
Justo en ese momento, el texto da un giro y transita hacia la descripción de una naturaleza que se escucha y observa desde dentro, perspectiva que en términos textuales se marca ahora mediante el uso repetitivo del deíctico “aquí” y la referencia a lugares concretos: la zona selvática de Absalón y los morros de Fonds-Gens-Libres (antiguo asentamiento de los esclavos cimarrones). Una naturaleza enérgica, siempre en movimiento y atravesada por la pulsión de vivir. Una fuerza vital que es descrita como un “lento empuje vegetal” que penetra y concientiza al campesino anónimo de Fonds-Gens-Libres; como un “llamado de tambores” que hace mover las caderas de una mujer llamada Bergilde y junto con ella el cuerpo terrestre de las “Antillas-África”; como un “fuego vegetal” que se apodera de los poetas y la escritura de Suzanne Césaire (80-81). Lejos de los imaginarios que piensan y visualizan la naturaleza como un paisaje estático y visto a distancia, en su ensayo “El gran camuflaje” la escritora se compenetra con la fuerza vegetal del Caribe para seguir resistiendo e imaginar un proyecto artístico y político revolucionario de “hombres-plantas” y “mujeres-colibrí” (76) que desean reconquistar su libertad diezmada.
Para terminar estas reflexiones preliminares sobre Suzanne Césaire, no quisiera dejar de mencionar que esta manera de entender y escribir la naturaleza como una entidad con agencia también implica una tensión con respecto a las representaciones que otras personas hicieron de ella: desde Aimé Césaire y André Breton hasta Daniel Maximin. Me refiero a la idea de Suzanne como una mujer-tierra o mujer-cosmos, presente de distintas maneras y con matices en los textos de estos autores incluidos en El gran camuflaje. Escritos de disidencia (1941-1945). El problema, por cierto, no es la identificación entre mujer, cuerpo y territorio, sino la idea de una naturaleza feminizada, al margen de la sociedad y la historia, descontextualizada y cósmica, que finalmente contribuye a mitificar y despolitizar a esta gran figura intelectual que de manera urgente debemos leer y revisitar. Entendiendo que las escrituras de Aimé, Breton y en menor medida Maximian responden a su tiempo, me quedo con el poema escrito por su hija Ina, en el que recuerda a su madre como una mujer de “cabello eléctrico” y una “ávida militante de la libertad”, “enamorada de la literatura y aficionada a la historia” y “adelantada activa feminista” (101-102).
Imagen principal: “Tercer mundo”, de Wilfredo Lam.
Referencias citadas
Césaire, Suzanne. El gran camuflaje. Escrituras de disidencia (1941-1945). Traducción de Gabriel González Castro. Santiago: Editorial USACH, 2025.
Césaire, Ina. “Suzanne Césaire, mi madre”. En: Césaire, Suzanne. El gran camuflaje. Escrituras de disidencia (1941-1945). Traducción de Gabriel González Castro. Santiago: Editorial USACH, 2025.
Gómez-Barris, Macarena. La zona extractiva. Ecologías sociales y perspectivas decoloniales. Traducción de Catalina Arango Correa. Santiago: Ediciones Metales Pesados, 2017.
González Castro, Gabriel. “Entre sombras de la crítica, ensayos telúricos y doble coloniaje. Consideraciones para traducir a Suzanne Césaire”. En: Césaire, Suzanne. El gran camuflaje. Escrituras de disidencia (1941-1945). Traducción de Gabriel González Castro. Santiago: Editorial USACH, 2025.
Mbembe, Achille. Crítica de la razón negra. Ensayo sobre el racismo contemporáneo. Traducción de Enrique Schmukler. Barcelona: Futuro Anterior Ediciones, 2016
Oliva, María Elena. “Prólogo a la edición en castellano. Canibalismo, mezcla cultural y camuflaje: tres claves del pensamiento de Suzanne Césaire”. En: Césaire, Suzanne. El gran camuflaje. Escrituras de disidencia (1941-1945). Traducción de Gabriel González Castro. Santiago: Editorial USACH, 2025.