Todos tenemos la experiencia de habitar una ciudad grabada con cierta profundidad en nuestra piel, su maraña de signos, olores, sensaciones e imágenes nos quema día a día, dejando en algunos casos cicatrices o al menos una pequeña huella a pesar de la rutina y de la aparente uniformidad con que experimentamos la urbe. Sin embargo, dar cuenta de esa experiencia en alguna obra es un desafío importante; hay tantas obras notables (El paseo ahumada de Lihn, La noche de Antonioni) como sonados fracasos (los olvido siempre). Sin embargo, hay un medio en especial: el cómic, que en una de sus modulaciones más notables como la novela gráfica tiene una relación particular con el modo en que se enfrenta la representación del espacio y la ciudad. No es casual que a la hora de citar a los precursores de la moderna novela gráfica existan obras como La ciudad de Franz Maseerel y Contrato con Dios de Will Eisner, obras cuya unidad depende especialmente de la repetición del espacio que habitan sus personajes que van y vienen, son novelas gráficas que nacieron con la vocación cartográfica torcida porque es el lector quien deben armonizar su texto y sus imágenes para hacer saltar algún sentido u orientación.

Líneas de fuga parece el trabajo resultante de una performance donde se tomaron una serie de páginas que fueron arrastradas por toda la ciudad de Concepción, para obtener impresiones de sus habitantes, de sus calles, de sus sonidos y de su caos. Solo la novela gráfica y sus técnicas pueden permitirse semejante estimulación donde entra en juego más de uno de nuestros sentidos de manera simultánea a la hora de representar el espacio: desplegando palabras e imágenes en una puesta en página de naturaleza variable, porque sus autores pueden cambiar las reglas y los modos de leer cada dos páginas, para ser leídas al ritmo elegido por el lector-espectador. El mangaka Shintaro Kago pensaba que cada página de cómic es un edificio donde cada viñeta es una ventana habitada por algún personaje mutilado por los límites de cada cuadro. A partir de esta imagen es que podemos pensar la novela gráfica como un modo expresión privilegiado para dar cuenta del espacio y de nuestras ciudades, edificio y mapa al mismo tiempo, superficie diseñada y escrita para que las miradas se pierdan y nuestros cerebros se activen. La novela gráfica puede ser un virus que con su lenguaje afecta cualquier superficie, así lo entendieron los autores que antes de publicar el presente trabajo lo presentaron como una exposición que no solo se tomó alguna sala, sino que además uno que otro lugar de la ciudad. Lefebvre pensaba que la categoría más importante a la hora de pensar lo urbano era la del espacio de la representación que es el lugar de la imaginación y lo simbólico, donde podemos poner en perspectiva el modo en que habitamos y vivimos en nuestras ciudades, sin representaciones de nuestro entorno no hay posibilidad de cambio y de pensarnos de otra forma. De ahí la necesidad de una novela gráfica nacional, para volver a imaginarnos, de la que Líneas de fuga puede ser un pilar o un espejo donde nos observamos en el momento antes de quemarlo todo.
