“Tal vez la imaginación no sea más truculenta que la realidad. Tal vez sea el único espacio donde estos personajes pueden ensayar una salida. No hacia una fe más fuerte, sino hacia una forma de estar en el mundo más libre y más justa. Una salvación modesta, pero profundamente humana: la salvación de ser nadie”, nos dice el escritor y encargado de contenidos de la Biblioteca Pública Digital, Salvador Young Araya, quien presentó en diciembre 2025, el último libro de cuentos de Catalina Romero, editado y diseñado por Daniel Madrid, de Pez Espiral, con ilustraciones de Ana Lea-Plaza.
Hace poco leí Cuentos difíciles de Silvina Ocampo y me quedó dando vueltas una reflexión que aparece en uno de esos relatos, llamado “Paradela”. Cito:
Queríamos oír la resabida historia de los propios labios de Paradela, aunque nos defraudara, ya que nuestra imaginación casi siempre es más truculenta que la realidad. La imaginación, ¿será más truculenta que la realidad? Con el correr del tiempo me acomete la duda…
Esa duda —si la imaginación es más truculenta que la realidad o si, por el contrario, es la realidad la que termina siendo más cruel— fue la que me acompañó durante la lectura de La salvación de ser nadie y la que, de alguna manera, me permitió entrar al mundo que construye Catalina Romero en este libro. Un mundo donde los límites entre lo real y lo imaginario son borrosos, como si ambos territorios se filtraran uno en el otro. No se trata aquí de una imaginación desatada hacia lo fantástico en el sentido clásico, sino de una imaginación íntimamente ligada a lo cotidiano, a la infancia, a la religión, a la autoridad y a la forma en que una niña va creciendo y, casi sin darse cuenta, va alejándose de un sistema de creencias que ya no logra sostenerla.

Uno de los ejemplos más claros de esta frontera difusa aparece en el cuento “Ángeles sobre los techos”. Allí, la protagonista se deja llevar por su imaginación hasta el punto de conversar con un ángel:
El ángel se agacha y limpia con la manga del chaleco el agua que ha caído en la imagen.
—Porque aquí hay muchas piedras y mi abuela dice que desapareció con una en la mano —me contesta y mete un brazo dentro del montón para sacar una lata de café que estaba escondida—.
En esta escena, la imaginación se presenta desde un lugar profundamente positivo. Gracias a ella, la niña logra escapar de una conversación entre adultos demasiado concreta, aburrida y jerárquica, al mismo tiempo en que continúa con su propósito y accede a una experiencia extraordinaria. La imaginación la acerca a lo místico, pero a un misticismo doméstico, íntimo, lejos del dogma y de la solemnidad institucional.
Sin embargo, estos relatos también advierten que la entrega absoluta a lo imaginario puede volverse peligrosa. La misma imaginación que permite acceder a lo extraordinario puede conducir a la ingenuidad y, desde ahí, al sometimiento a autoridades que ejercen su poder de manera absurda, automática y desoladora. Para plasmar bien esta idea, me voy a permitir un pequeño desvío. A mi parecer, una de las expresiones más claras de este tipo de autoridad aparece en Kafka, en el brevísimo texto que cito a continuación:
Era muy temprano por la mañana, las calles lucían limpias y vacías mientras me dirigía hacia la estación de trenes. Comparé la hora indicada por el reloj de torre cercana con mi reloj y me di cuenta de que ya era mucho más tarde de lo que yo pensaba. Tuve que acelerar mis pasos. Al descubrir mi retraso, me invadió tanto la ansiedad que dudé cuál sería el camino directo.
Aún no conocía bien esta ciudad; menos mal ahí estaba un agente de orden público. Corrí hacia él y casi sin aliento le pregunté por el camino que debía tomar.
El hombre sonrió y dijo:
–¿Quieres que yo te diga el camino?
–Sí –contesté yo—ya que sé que por mí mismo no lo podré encontrar.
–¡Olvídalo…olvídalo! – dijo, dio una vuelta grande como hace la gente cuando quiere reír a escondidas.
Esta lógica kafkiana —la de autoridades que existen, pero no orientan; que hablan, pero no explican; que ejercen poder sin amparo— reaparece con fuerza en La salvación de ser nadie. Un ejemplo notable es el diálogo entre la niña y el cura, donde Romero construye una escena tan ágil como inquietante:
—¿Por qué está acá?
—La profesora me mandó.
—Por algo debe ser.
—Porque no puedo coser, pero eso no está en la lista de pecados.
—¿Y lo intentó?
—Mucho, tengo todos mis dedos rotos…



El diálogo avanza revelando una lógica completamente absurda, sostenida por el confesor con una seguridad mecánica, sin autoridad intelectual, pero con un enorme peso social. A través del humor, el texto desautoriza a esa autoridad. Se produce una inversión sutil pero potente: quien realmente comprende la falta y la ética es la niña; el adulto queda atrapado en el dogma.
Aquí Catalina Romero recurre a lo carnavalesco en el sentido que desarrolla Bajtín. Aparecen la inversión de jerarquías, la parodia de las normas establecidas, la ridiculización del dogma y la profanación de lo sagrado. Pero no se detiene ahí, puestambién recurre al uso de una estética del realismo grotesco que no busca embellecer la realidad, sino mostrarla en toda su incomodidad. A mi parecer el mejor ejemplo del uso de este recurso en este libro se logra en el cuento “Paraíso perdido” cuando se describe la cárcel como un cuerpo herido:
De muros rojos, su edificio parece la marca de una quemadura en la piel… como si todo el cuerpo se hubiese caído en una olla de sopaipillas con aceite hirviendo.
Además, en estos relatos lo sagrado deja de ser intocable: supura, se degrada:
Con esfuerzo giré la cabeza y mis ojos se posaron en aquella iglesia enorme de ladrillos a la vista que destruida y rodeada de basura se erguía entre calles estrechas, como un monstruo que en cualquier momento iba a despertar. Tantas veces había pasado por allí, pero solo entonces me fijé en la hierba que colgaba de su arcos para tapar los agujeros donde tiempo atrás debieron haber vitrales, columnas y gárgolas guardianas acechando desde alguna de sus torres o en cualquier esquina
La polifonía del texto —la convivencia de múltiples voces sin una verdad única— refuerza esta desestabilización constante del orden. Muchos puntos de vista conviven en la interacción de personajes como la niña, el cura, y la profesora en “Corazón aguja” o en monólogos como el siguiente::
Yo ando sola, vengo a ver a mi hija que está acá hace once meses porque le disparó al pendejo de su marido. Veinte años y un día le dieron, pero al juez ni se le ocurrió considerar que el cabrón ya tenía orden de alejamiento. Yo no lo entiendo, Dios mío, si se veía tan contenta porque la habían ascendido a jefa de local; además estaba en trámite su postulación a una casa para al fin tener algo. Todo iba para arriba hasta que el cabrón logró dorarle la píldora y ella abrió esa maldita puerta. No sé qué hacer ahora con mis nietos. ¡¿Por qué?!
También en los diálogos entre adultos se manifiesta un mundo organizado verticalmente, rígido y profundamente absurdo:
—Tienes que mirar para adelante y no perder la confianza en Dios —y se dan la mano luego de que mi mamá le entrega unos billetes por su trabajo.
Sin embargo, la niña logra liberarse de esos lazos. Y lo hace, nuevamente, gracias a la imaginación. No como fe ciega, sino como fuerza que permite salirse del orden, desobedecer suavemente, dejar de creer cuando creer ya no alcanza. En cuentos como “La caída del héroe”, el mundo religioso deja de ofrecer respuestas. El rezo es interrumpido por el sueño, el cansancio, la ciudad:
Apenas alcanzo a murmurar “Padre Nuestro” cuando mis párpados rebeldes se cierran…



La protagonista se pasa de largo, cae, despierta en un mundo donde Dios ya no responde. Y, sin embargo, no hay tragedia: hay lucidez, hay desprendimiento.
Sería un error, sin embargo, leer este alejamiento de la religión como una negación total del cristanismo. En La salvación de ser nadie no se clausura la fe; lo que se clausura es el dogma, la institución y la jerarquía que habla en nombre de Dios pero ya no escucha. En ese desplazamiento, paradójicamente, la protagonista se acerca a una forma más esencial —y más incómoda— del cristianismo.
Esto se vuelve especialmente visible cuando la voz narrativa deja asomar su conciencia social y su rabia frente a la desigualdad:
¿Qué entenderá esta cabecita con visos naturales?… Porque así será el esperado Juicio Final, ¿no es cierto? Para todos pelados el chancho por igual… y cierro los ojos mientras no puedo evitar llorar de rabia, porque en el fondo, quiero quemarlo todo.
Aquí la religiosidad no se expresa como obediencia o consuelo, sino como conciencia del abuso y deseo de justicia. No hay paz espiritual: hay conflicto. Y en ese conflicto aparece una ética profundamente cristiana, aunque despojada de toda dulzura ornamental.
Este impulso recorre los siete relatos: un mundo profundamente dispar, donde las oportunidades no se distribuyen de manera equitativa y donde la fe muchas veces sirve para justificar el orden existente. Frente a eso, la protagonista no responde con sumisión, sino con una lucidez que incomoda, tensión que se ve con claridad en el siguiente diálogo:
—Aunque dices renegar de tu formación, eres cada día más cristiana.
—Entonces deberías estar orgulloso de mí.
—No, porque también te enseñé a agradecer y disfrutar.
—Y no sabes cuánto disfruto gastar cada peso de este precario trabajo en lo que me da la gana y sin rendirle cuentas a nadie, ¡partiendo por tu dios!
Este pasaje condensa el gesto central del libro: no se trata de negar la enseñanza recibida, sino de reapropiarse de ella y llevarla a sus últimas consecuencias. Al distanciarse del dogma, la protagonista no se vuelve necesariamente menos cristiana, sino más sensible a la injusticia, menos dispuesta a aceptar un orden que naturaliza la pobreza, la culpa y la obediencia.
Vuelvo entonces a Silvina Ocampo. Tal vez la imaginación no sea más truculenta que la realidad. Tal vez sea el único espacio donde estos personajes pueden ensayar una salida. No hacia una fe más fuerte, sino hacia una forma de estar en el mundo más libre y más justa. Una salvación modesta, pero profundamente humana: la salvación de ser nadie.