Sobre pantallas, cuerpos y miradas, nos habla hoy el poeta y académico de la Universidad Mayor, Rafael Farías Becerra, a partir del último libro de Pablo Fante, publicado por Editorial Las Bacantes: “Si en este libro se utiliza la sinapsis como una metáfora, no es únicamente para referirse a aquel traspaso de energía entre neuronas, al hecho de que surjan ‘chispas’ con las pantallas, sino para usar una metáfora social, la de tejer o urdir un vínculo a través de ‘redes de neuronas en lenguaje’, pero sin la neutralidad de una visión cientificista, sino que siempre con el ‘ardiente deseo’ de involucrar al cuerpo (…)”
A contramano de lo que nos indica su título, Pantallas de Pablo Fante (2026), publicado por Editorial Las Bacantes, no nos habla únicamente de aquello que ocurre en la superficie fluida de la pantalla, sino que explora la dimensión de aquello que ocurre entre la pantalla y nuestras pupilas, y que alcanza a veces dimensiones inconscientes. Este libro se escribe desde ese espacio de luz intermedio, de transmisión e interferencia, donde pantalla, cuerpo y mente convergen, rompen sus fronteras, lo que levanta el cuestionamiento acerca de dónde termina o acaba un cuerpo en su relación con la tecnología.

En primer lugar, las pantallas. Las pantallas de un ordenador, de un televisor, de una cámara, de un móvil. Lo que se indaga en este poemario no es el contenido de lo que se exhibe, sus programas, sus aplicaciones, las imágenes que ocurren en su interior, sino, por el contrario, la profundidad universal de la superficie. Y digo “universal” porque para Fante las pantallas son un cosmos, una vía láctea, un orbe de haces, diodos y píxeles que nos alcanzan en oleadas. Son un océano, un “mar sin olores”, “sin hormonas”, “sin lesiones” que se derrama sobre nuestras retinas, donde “el lóbulo es inundado /por arroyos de diamantes, por florestas de cuadrados” (p.7). En este sentido, las pantallas que están presentes en todo el libro son descritas como algo líquido: “espejo de agua negra”, “cuadro líquido”, “la luz [que] nuestra pupila irriga y baña” (p. 49). Si siguiéramos a Zygmunt Bauman (2006), diríamos que existe aquí una idea de la existencia líquida permeada por la tecnología (“derrames de fluidos inconscientes”, donde “se hornea la memoria” (Fante, 2026, p.37)). Incluso diría que, por momentos, cada soneto de este libro se propone ser “el tiempo capturado en una foto”, la posibilidad de retener “–ese instante azaroso revelado / por un clic y un espejo al otro lado–“( p.19)); un intento por “no dejarse borrar” por el rápido fluir del presente tecnológico. Como si este poemario dialogara con La seducción de Jean Baudrillard, las pantallas de Pablo Fante nos exhiben: “Esta obligación de liquidez, de flujo, de circulación acelerada de lo psíquico, de lo sexual y de los cuerpos [que] es la réplica exacta de la que rige el valor de cambio: es necesario que el capital circule, que no tenga un punto fijo, que la cadena de inversiones y reinversiones sea incesante” (Baudrillard, 1981, p. 41).
Sin embargo, las pantallas también hieren, “sus mareas y su coro”, nos dejan desterrados cual Ulises en un desierto de agua; nos provocan cierto “ardor dactilar en la retina”. Son continuas las formas verbales cinestésicas en este libro, porque se trata siempre de “incendios parpadeantes”, de aquel fenómeno físico que le ocurre al ojo, a nuestro cuerpo, a nuestros órganos y existencias, ante la luz resplandeciente y quemante de las pantallas: “secretamos incendios del instante, / un estallido químico y nervioso: /bombas sentimentales, reincidentes, / que nos vuelven producto de la luz” (Fante, 2026, p.12). No obstante, este poder seductor y encandilante de las pantallas que deja a nuestras pupilas como “líquidas esferas deslumbradas” no es solo de ida, no es solo poder de afección, sino que es también poder y deseo de afectarse. Aunque, en ocasiones, en este libro se hable de forma crítica de lo que produce este mundo espectacular en nosotros/as, donde un programa “ciega al espectador con sus mosaicos, / sus registros que cosen nuestras mentes” (p.16), ya parece bastante internalizada la interdependencia entre las imágenes y los cuerpos; entre una sociedad que se urde, que se cose –y fríe– en el espéctaculo mercantilizante de las imágenes. Como nos diría Guy Debord (2005), es el espectáculo del capital como algo inherente a nuestra existencia. En este mundo espectacular y especular, de miradas y espejos, “nuestras almas ansiosas de pasión” se configuran en una subjetividad que se forma en la delgada lámina de las pantallas: “Lo que me creo, que me siento, pienso, /se metamorfosea en forma lisa, /referencia que brilla y sintetiza /en praderas de chips y sus recuerdos” (Fante, 2026, p. 13).
Aunque, en ocasiones, en este libro se hable de forma crítica de lo que produce este mundo espectacular en nosotros/as, donde un programa “ciega al espectador con sus mosaicos, / sus registros que cosen nuestras mentes” (p.16), ya parece bastante internalizada la interdependencia entre las imágenes y los cuerpos; entre una sociedad que se urde, que se cose –y fríe– en el espéctaculo mercantilizante de las imágenes. Como nos diría Guy Debord (2005), es el espectáculo del capital como algo inherente a nuestra existencia.
Es más, en este “sutil surcido pragmático”, donde se juegan formas sociales, se insinúa permanentemente lo poshumano. Las pantallas prácticamente funcionan aquí como otra lente, una especie de ortopedia del ojo, que al decir de Gilles Deleuze (2004), nos invita a reflexionar sobre qué es un órgano, donde comienza y acaba, en este caso, la visión. En este sentido –valga la redundancia–, este libro podría leerse desde una perspectiva poshumanista, pues incorpora a la máquina como un componente del cuerpo, o bien, máquina y cuerpo operan como un dispositivo híbrido. Así lo demuestran varios títulos de los sonetos como: “Miembro digital”, “Sondas abisales gástricas”, “Chispas de mis neuronas”, entre otros, que pretenden conformar una “antropología audiovisual” (Fante, 2026, p. 19).
Pantallas es también un texto que reflexiona sobre la técnica, los aparatos y la imagen. El poema “Caja negra contemplativa” funciona como una especie de oda u homenaje a los inicios de la cámara fotográfica (“la caja oscura sobre palafitos”). Más que como un aparato reproductivo, tirar del gatillo de la cámara implica darle un aura benjaminiana a las cosas (Benjamin, 2018). La cámara surge como una “máquina que congela el tiempo”, a través de fotos que “relatan la infancia ya perdida” y que asimismo permiten “que surja otra verdad genuina/ sobre la infancia química” (Fante, 2026, p.39) que se ignora.
Por otra parte, el libro abre una dimensión hacia la condición actual de la existencia humana, sobre todo la de aquellos/as que trabajan o se exponen constantemente a las pantallas. “Encorvado hacia la luz / con los ojos rojos, rotos, / con la espalda jorobada, / las rodillas recogidas /y las garras afiladas” (p.29). Estos versos nos hablan de un cierto carácter servil o de esclavitud frente a la pantalla comprendida como una nueva divinidad del mundo moderno (“la pantalla completa intento ver, pero cual dios, evita mi mirada” (p.31)). Se teme por una parte contemplarse como ser ínfimo, como esas polillas a las que se le “queman la consciencia”, o bien, volverse simplemente “barro de la vista” ante la luz que es “es como agua: sin piedad” (p. 49). Pero también existe la sensación de poder y grandeza en el hecho de tener “el mundo aquí en la punta de los dedos”; en el deseo “ardiente de tragarlo/ Y existir ante el resto con mensajes” (p. 29). Lo que deslumbra es la sensación contemporánea de estar en conexión con otros/as que están en “ignotos sitios”; de establecer “un roce digital con otros sueños”, sin embargo, en medio de esa conexión viene la conciencia de la retirada: “me desgarra la invocación salvaje”, de “estar solo y mudo en este bosque” (p. 50).

Si en este libro se utiliza la sinapsis como una metáfora, no es únicamente para referirse a aquel traspaso de energía entre neuronas, al hecho de que surjan “chispas” con las pantallas, sino para usar una metáfora social, la de tejer o urdir un vínculo a través de “redes de neuronas en lenguaje”, pero sin la neutralidad de una visión cientificista, sino que siempre con el “ardiente deseo” de involucrar al cuerpo, con “un hambre de existir entre sinapsis / de interferencias, húmedos mensajes” (p.51). Se trata nuevamente de insinuar la seducción, de decirnos, citando a Baudrillard, que “nunca hay grado cero, referencia objetiva, neutralidad, sino siempre hay aún más cosas en juego” (Baudrillard, 1981, p. 45), aunque se vuelva a lo “inconexo, invisible, silencioso” (Fante, 2026, p. 51).
Finalmente, no quisiera dejar de mencionar ciertos alcances metafísicos que propone este libro, en poemas como “Lo real en pixeles” o “Caverna donde brilla el mundo”, clara invitación a realizar una lectura platónica, pero esta vez desde una perspectiva contemporánea, desde una caverna ocular mediatizada,donde se cuestiona la realidad y verdad que instalan las pantallas (“esa verdad sintética en el ojo, / inevitable y cierta, que seduce” (p. 24)). Pero una vez más se trata de aquella realidad instantánea que se activa o reanuda al encender el dispositivo, en el brillo o resplandor compartido entre las pantallas y las pupilas, adentro y afuera, allí donde “solo existe luz que reverbera / y estos ojos absortos en vacíos”(p. 25).
Referencias bibliográficas
Baudrillard, J. (1981) De la seducción. Ediciones Cátedra.
Bauman, Z. (2006). Vida líquida. Austral.
Benjamin, W. (2018). Iluminaciones. Taurus.
Deleuze, G. (2004) Mil Mesetas. Pre-Textos.
Debord, G. (2005). La sociedad del espectáculo. Pre-Textos.
Fante, P. (2026). Pantallas. Las Bacantes.
Imagen principal de esta publicación: Hiroshi Sugimoto