“Para Mistral, por tanto, tal como en la tradición mística y las creencias andinas, hay un orden vertical sobre el lugar más allá de la vida. Además de esto, retrata la muerte como liberación de una existencia ilusoria. El descenso y regresión como fantasma están motivados por algo pendiente. De cierto modo, en el viaje de su voz sin cuerpo hay algo que aún no se cierra o termina”, nos dice David Aránguiz en esta crónica poética sobre la muerte de Mistral.
La mañana del jueves 10 de enero de 1957 en Chile, la portada del diario conservador más influyente del país publicó una secuencia de cuatro fotografías sobre la dinamitación de una estatua en Egipto. En la primera, unos manifestantes rodean a una gigantesca figura junto a una bahía; en la segunda, un humo negro emerge en medio de ella a la altura de su pecho; el humo la va cubriendo, y, al fin, en la cuarta, sólo se ve una humareda negra.

En medio de las nubes del espeso humo, la estatua de Fernando de Lesseps se desploma. El cartel que decía “Abrir la tierra a las naciones” explotó por los aires de El Cairo en un clima global de creciente nacionalismo. Junto a la noticia, aparece indistinto el siguiente titular: “Médicos del Hospital General de Hempstead de Nueva York pronostican un inminente desenlace para Gabriela Mistral. Las últimas energías de la poetisa se están agotando y cada momento que pasa se acerca más la hora de su muerte”.
En ese mismo momento en Nueva York, la poeta más importante de Latinoamérica ya ha muerto.
Dos noches atrás, su compatriota, el sacerdote jesuita Renato Poblete, quien la conociera hace algunos años en Chile, fue a visitarla. En una habitación de color amarillo de dos camas, Mistral duerme de espalda en estado de coma. Está acompañada solamente de un crucifijo de plata y una pequeña fotografía de su madre en el velador. El sacerdote se queda orando cerca de media hora por su alma y le da la extremaunción. Al salir, reconoce que Mistral se encuentra en el umbral de la muerte.
Se podría creer que años antes, Mistral escribió sobre este momento: “Y no quiero que me hallen donde me escondí de todos; (…) El muro es negro de tiempo, el liquen del umbral, sordo, y se cansa quien nos llame por el nombre de nosotros”. (Lagar, 81)
La mañana siguiente, su médico, el doctor Martin Goldfarb, dio el reporte a la prensa sobre su estado de salud y pidió abandonar toda esperanza. “Otro corazón que no fuera como el suyo ya habría fallado desde hace tres días”. Después de una semana en estado de coma, su cuerpo se apaga entre sueros glucosados y antibióticos a causa de una neumonía.
Esa misma noche, su doceava en Hempstead, el cuerpo de la poeta, agotado por las hemorragias de un cáncer de páncreas ramificado a otros órganos, colapsa concluyendo su vida alrededor de las 04:18 am del jueves.
Según el Dr. Goldfarb, Gabriela Mistral creyó hasta su muerte que el mal estaba en su corazón. Coincidentemente, en una de las últimas entradas de sus cuadernos, escribió frases desgarradoras sobre un retorno al Valle de Elqui, a la tumba de su madre, para sanarse:
Sombre su tumba debo cortarme este nudo que se me incrusta en medio del pecho y que me ha taponeado la vida durante años, y el que tengo que sacarme, cortarme, rebanarme a gritos, durante una noche entera, en medio del campo, en soledad, aullando como perro hasta perder los sentidos. Porque estoy sola, más sola que nunca, entre estos cerros donde ahora me siento definitivamente huérfana, sabiendo, hora por hora, que ella ya no me espera con su cariño quieto y perfumado, como el saúco sobre el mantel de la mesa, en medio de la casa que ella abría en un largo abrazo.
Este profundo sentimiento de orfandad me recuerda a algunos registros de sueños donde el inconsciente expresa la proximidad de la muerte. De cierto modo, varios meses antes, ella sabía que su partida era inminente.
En alguno de los cuadernos íntimos de 1956, los meses previos a que falleciera –con los que Jaime Quezada armó una publicación que tituló “Diario de los adioses”–, Mistral escribe sobre el olvido como un vaho que la cubre entera y que le acompaña de una lluvia fina y ancha de recuerdos. La imagino entre la niebla recibiendo las últimas emanaciones de recuerdos, las últimas visitas del romero, la flor del saúco, la papaya, y también las supersticiones y juegos del huerto de su infancia. Mientras que al fondo de las retrospecciones hay un sentimiento recurrente de soledad, extranjería y melancolía en Estados Unidos. “La extrema vejez es algo muy triste. Yin Yin tal vez ya me necesite. Y yo quiero estar donde él esté, donde sea”.

Su vida –escribió– ha mutado a pura memoria: tardes enteras en las es raptada por recuerdos del Valle de Elqui; o en las que no sabe dónde está; o en las que Yin Yin, su hijo adoptivo, quien se suicidara trece años atrás, viene a buscarla. En sus palabras, se presiente el final de las visiones, del intenso verdor del Elqui, los aromas de la madre, de la manzanilla y el brasero de su escuela.
“Se me va todo, se nos va todo. Apenas puedo despedirme”. Gabriela, reescribe en su cuaderno los versos de su poema Ausencia como si se conectara con su yo más joven, como si también su obra viniera a buscarla antes de partir.
¿Sin embargo, fue ella o Jaime Quezada quien lo reescribió? La referencia no queda clara, pero, de todos modos, Mistral nunca dejó de volver al país en su pensamiento, especialmente, en la escritura del Poema de Chile, una especie de diario poético, que no dejó de trabajar hasta sus últimos días.
Mistral vivió sus últimos meses anhelando el retorno al Valle, ya no como visión, sino como cuerpo entero. Sin embargo, su arribo último, no se cumplirá hasta cuatro años después de muerta, cuando se concluya la construcción de su mausoleo en Montegrande.
Gabriela Mistral, desde su temprana juventud en La Serena, leyó contenidos esotéricos en la biblioteca de Bernardo Ossandón, periodista, político y profesor vinculado a la masonería. El esoterismo, entonces, funcionaba como una fraternidad oculta por medio de la cual sus practicantes se conectaban, incluso, entre diversos países. Para Mistral, por tanto, tal como en la tradición mística y las creencias andinas, hay un orden vertical sobre el lugar más allá de la vida. Además de esto, retrata la muerte como liberación de una existencia ilusoria. El descenso y regresión como fantasma están motivados por algo pendiente. De cierto modo, en el viaje de su voz sin cuerpo hay algo que aún no se cierra o termina.
Doris Dana, heredera y albacea de Mistral, quien la acompaña en la segunda cama de la habitación del Hospital, le envió un fax a Radomiro Tomic –el abogado democratacristiano a cargo del traspaso de sus bienes– en el que escribe que antes de entrar en coma, la poeta le habría pedido registrar sus últimas impresiones sobre la muerte: “Gabriela deseaba la soledad ante la muerte que veía venir como algo desconocido, pero esperado: el gran descubrimiento”. En esos momentos, en que su conciencia se apaga, cuenta también que tuvo una última interacción con el mundo, un último deseo: oír que tocaran música sefardita de España. Esta fue, probablemente, su última alegría y, antes de perder la conciencia para siempre, quizás por la música, exclamó como en un cuento: “¡Triunfo! ¡Triunfo!”.
¿Qué hay en esta historia que me atrae? Digamos, por nombrar un comienzo, que todo partió con la lectura del Poema de Chile. Esta es la primera capa de pintura de una muralla que se ha descascarado con el tiempo: un fantasma desciende del cielo y en ese viaje, algo que se me fuga aparece. Una sensación me toma mientras Mistral reescribe la flora y fauna del país. Su voz encuentra un refugio en la naturaleza, se vuelve una con el paisaje, se desdobla en voces y me hace sentir que Mistral aparece como una especie de santa mestiza. Puede sonar polémico, pero hasta hoy no he encontrado otra expresión.
El hallazgo se reviste con centellas de lo divino y da nombre y sustancia a algo que no existe previamente. Se desprende de posibilidades infinitas y se materializa en nuestra visión o hierofanía, digamos. Si esto es cierto, entonces, hay un hilo que podría tirar hasta trocar en ovillo, aunque sea hecho de cielo, éter o espíritu. Aunque este cielo no sea el mío.
Esta historia, por lo tanto, es una historia sobre la sed, sumar mi deseo, tal vez, al de otros, puro anhelo o el sueño de un loco. Sed de cielo o revelar algo más monumental de lo que realmente es.
Sobre ese margen de error, una franja que podría ser el país que habito, intento sólo encerrarme en los versos e ideas que quedaron en sus manuscritos sueltos. Pienso con anteojeras, so pena de que el misterio no vuelva a aparecer de tanto enfocarlo. ¿Podría recuperar, entonces, algo que existió sólo en mi imaginación? ¿Acaso la obsesión no es ya otro rapto del mundo restante?

Vuelvo al diario de Quezada y encuentro que Mistral escribe una conversación entre ella y su madre sobre la muerte y la Gracia. Empiezo a pensar que tal vez la conversación sucedió solo en su imaginación, la conversación entre alguien próximo a morir y la visita de un fantasma:
Y la Gracia, madre, ¿sabes cómo es? Mira: se entra en el cielo como por sorpresa. Como cuando apoyados en una puerta, que no sabíamos que existiera, ella de pronto cede. Tenemos la cabeza inclinada en un trabajo, se borda una casulla o se poda un naranjo; de pronto el cielo se abre y se camina hacia las cosas secretas: pero la puerta se vuelve a cerrar y has de seguir podando
Me dejo arrastrar por mi intuición, acompañándola en los umbrales de su muerte. La respuesta de la madre y la analogía de la puerta me resultan familiar en ella. El cielo y la Gracia, al igual que una vida, son puertas que se abren y se vuelven a cerrar. Las puertas de la percepción atravesadas por un rapto fugaz, inubicable, entre un estado y otro.
Esta historia, entonces, también es sobre el enigma de una aparición, un rapto en el que Mistral cayó y yo me dejo caer anhelando una revelación que me preparo para profanar.
Al volver a su poemario Tala (1938) encuentro en “Alucinación” un subgrupo de poemas nombrado “Historias de loca”. Leo una nota aclaratoria sobre una de estas: “Ya otras veces ha sido (para algún místico) el cuerpo la sombra y el alma la ‘verdad verídica’. Como aquí”.
El poema “La sombra” muestra imágenes en las que un cuerpo toma ventaja, sin derecho, sobre el alma: el cuerpo es la sombra, un velo de luz, y de cierto modo un impostor. Una vez que la voz estabiliza y agota este motivo, cruza al umbral de la muerte del cuerpo:
Está muerta y todavía
juega, mañosa a mi copia,
y la gritan con mi nombre
los que la giran en ronda…
Veo de arriba su red
y el cardumen que desfonda;
y, yo, liberada, río
perdiendo al corro que llora (“La sombra”, Tala).
La voz nos dice que la existencia en este mundo sucede como dentro de una red, imagen de Maya, tal vez, de la que la muerte nos libera. La imagino como tanteando una puerta que de pronto se abre y, entonces, “La sombra” me hace visualizar el descenso del fantasma en Poema de Chile.
Bajé por espacio y aires
y más aires, descendiendo,
sin llamado y sin llamada
por la fuerza del deseo
y a más que yo descendía
era mi caer más recto
y mi gozo más vivo
y mi adivinar más cierto
y arribo como la flecha
éste mi segundo cuerpo
en el punto en que comienzan
Patria y Madre que me dieron (“Hallazgo”, Poema de Chile).
Gabriela Mistral, desde su temprana juventud en La Serena, leyó contenidos esotéricos en la biblioteca de Bernardo Ossandón, periodista, político y profesor vinculado a la masonería. El esoterismo, entonces, funcionaba como una fraternidad oculta por medio de la cual sus practicantes se conectaban, incluso, entre diversos países. Para Mistral, por tanto, tal como en la tradición mística y las creencias andinas, hay un orden vertical sobre el lugar más allá de la vida. Además de esto, retrata la muerte como liberación de una existencia ilusoria. El descenso y regresión como fantasma están motivados por algo pendiente. De cierto modo, en el viaje de su voz sin cuerpo hay algo que aún no se cierra o termina.
En oposición al viaje ascensional de “La sombra”, en Poema de Chile algo se ha materializado en un desprendimiento. La muerte, el espacio más allá de la vida, es el origen del Poema de Chile. Un rapto a la muerte. Sin embargo, ¿cómo es el lugar del que cae? Sigo esa hebra y la voz de “La sombra” me sitúa frente a estas imágenes, lugar de la Gracia, tal vez:
Llego por un mar trocado
en un despeño de sonda,
y arribo a mi derrotero
de las Divinas Personas.
En tres cuajos de cristales
o tres grandes velas solas,
me encontré y revoloteo,
en torno de las Gloriosas.
Cubren sin sombra los cielos,
como la piedra preciosa,
y yo sin mi sombra bailo
los cielos como mis bodas.
En los cielos sin sombra, oigo que su voz alcanza la disolución entre el alma y el cuerpo, ella, que escribió regularmente mirando el cielo, encuentra un descansar en paz que abre con la propia muerte la posibilidad de unión mística. ¿Tras tu muerte física, Gabriela, habrás llegado nuevamente a aquel derrotero? ¿Qué espacios se te abrieron entremedio? ¿Cuánto demoraste en aquel viaje?