Gonzalo Gálvez Espinoza nos reseña hoy el reciente libro del ensayista y poeta Ismael Gavilán: “Como sea, ese temple transluce la sinceridad de esta escritura. Eso, sumado a la dispersión de temas y de textos, explica que haya fragmentos que, de una manera más o menos evidente, se controvierten entre sí, y es en esa contradicción donde admiramos la sencillez de lo espontáneo. ‘Un poema es el deseo extático de una ausencia’ (p. 37), escribe, por ejemplo, con tono indubitado, para decirnos en otra parte que le ‘provoca una profunda y risible desconfianza (…) el escritor que cree entender y aún explicar la literatura con un léxico de no más de diez palabras’ (p. 23)”.
El jueves 11 de diciembre de 2025 se presentó en la librería Ulises del Barrio Lastarria, un nuevo libro del ensayista y poeta Ismael Gavilán (Valparaíso, 1973). Titulado Cuadernos [fragmentos y apuntes], y publicado bajo el sello Altazor, el volumen reúne más de un centenar de breves observaciones y reflexiones que, según confiesa el propio autor en su «Nota previa», fueron «redactad[a]s literalmente entre los intersticios de textos de mayor extensión (…) o como respuesta a lo que la lectura me iba suscitando en su transcurso espasmódico» (p. 11).

Tanto por su carácter residual como por lo variopinto de los asuntos que aborda, roza o sugiere, no es posible advertir al lector de un único tema presente en el libro. Podrán encontrarse, en efecto, fragmentos sobre literatura, música, vida política, pasiones humanas e infancia, como si los ejercicios que Ismael Gavilán ha realizado previamente en sus libros de ensayos, poesía y memorias, se hubieran condensado en una mezcla que luego se salpica en cientos de gotas que, diseminada y diminutamente, configuran esta nueva entrega. «Escribimos sobre lo que nos conmueve, deslumbra y admiramos» (p. 15), anota el autor en el primero de sus apuntes, y es esa voluntad desenfocada la que nos arrastra a lo largo de este volumen.
La escritura fragmentaria a la que aquí llega Gavilán, en todo caso, no responde a su incapacidad para hilvanar un discurso de largo aliento o pretendidamente sistemático, que esto último sí fue afán y mérito en sus anteriores títulos. Antes bien, su fragmentariedad puede leerse como la instalación de una irónica sospecha frente a los discursos totales, retóricos y profundamente moralizantes que, hoy por hoy, se han entronizado en las artes tanto como en la convivencia social. «Acá vamos otra vez: ortopedia, rizoma, capitalismo, territorio o cómo articular un expediente léxico para circunnavegar un poema sin querer leerlo» (p. 37), anota críticamente en uno de sus apuntes. Y más adelante: «Esto no es la “postmodernidad”, es más bien una Nueva Edad Media: supremacía de la imagen y la oralidad sobre la cultura letrada, milenarismos varios teñidos de política, cruzadas de niños que ponen de rodillas al Papado y al Imperio, tribalismos irracionales (…) queriendo instaurar un orden feudal basado en la costumbre (…), moralidades (…) que usan la hoguera mediática cual nuevos Savonarolas» (p. 82).
Con todo, la unidad que no es posible referir en el tema del libro, sí se advierte en el temple de su escritura: se trata de textos que arrancan desde el escepticismo, el desencanto y la nostalgia, en una frecuencia que inquiere constantemente del lector su contradicción, su asentimiento o, al menos, su relectura crítica. La determinación y filo de sus sentencias, que se leen en una primera aproximación bajo la apariencia de robusta certeza, esconden, en el fondo, una exhortación, cuando menos a la duda, y cuando más, a la discrepancia.
Como sea, ese temple transluce la sinceridad de esta escritura. Eso, sumado a la dispersión de temas y de textos, explica que haya fragmentos que, de una manera más o menos evidente, se controvierten entre sí, y es en esa contradicción donde admiramos la sencillez de lo espontáneo. «Un poema es el deseo extático de una ausencia» (p. 37), escribe, por ejemplo, con tono indubitado, para decirnos en otra parte que le «provoca una profunda y risible desconfianza (…) el escritor que cree entender y aún explicar la literatura con un léxico de no más de diez palabras» (p. 23).
Por cierto, el tono y la forma de Cuadernos evocan una pléyade de autores que exploraron la escritura de fragmentos y apuntes, e Ismael Gavilán los confiesa reiteradamente, citando sus nombres, e incluso convirtiendo citas de aquellos en citas propias. Desde Georg Christoph Lichtenberg hasta Manuel Espinoza Orellana, pasando por Emil Cioran y Martín Cerda, esta genealogía testimonia no solo el mundo en el que se sitúa este libro en específico, sino que también confiesa aquella en la que se entroncan la poesía y el pensamiento de Gavilán.
En un texto de 1965, recogido en La conciencia de las palabras, Elías Canetti sostiene que la mayor suerte del ser humano es la de ser un ser plural y múltiple, de manera que «en los momentos en que se ve a sí mismo como esclavo de sus objetivos, no hay sino una cosa capaz de ayudarlo: ceder a la pluralidad de sus inclinaciones y anotar, sin elección previa, lo que le pase por la cabeza». Es ese el ejercicio que Ismael Gavilán trasunta en este libro: se muestra múltiple, como el que es, como todos aquellos que le habitan: agudo y nostálgico, irónico y sensible. Por eso, este título es, de alguna manera, el más sincero de todos aquellos que el poeta y ensayista porteño nos ha entregado: si bien no conocemos su trayecto vital ni lector, al menos, podemos imaginarlo a través de las postales que ha coleccionado en el tiempo y que ahora exhibe, fulminantes, en este nuevo libro, uno que nos puede dejar en cualquier estado de ánimo, menos en la indiferencia.
Cuadernos [fragmentos y apuntes]
Ismael Gavilán Muñoz
Editorial Altazor
Viña del Mar, 2025
Disponible en:
Librería Ulises, Lastarria
Con el autor, por Instagram, en @vicentecrevel