“Este libro, en cambio, nos mira. Al leer lo miramos, lo encendemos, pero él también nos ve, quizá con algo de inquietud y mucho de seducción, desde sus ojos y cuerpo de piedra anhelante”, nos dice la escritora y académica Marcela Labraña, en este texto que fue parte de la memorable presentación de Astucias (Roneo, 2025), el reciente libro con el que Trinidad Silva se estrena brillantemente como ensayista”.
Dirán que nosotros creíamos que éramos amigos (philoi)
–porque yo me cuento entre vosotros– y, sin embargo, no
hemos sido capaces de llegar a descubrir lo que es un amigo.
Lisis, Sócrates.
Prólogo
“No sé si este libro es mío o solo fue escrito por mí. Son tantas las voces, antiguas y modernas, las que fabrican este relato sobre la astucia, que he tendido a pensar que no hay intuición propia sin reflexión ajena. Quizás un libro sobre la astucia no puede ser distinto. Como Ulises, ha de ser polytropos, de muchas maneras: múltiple y único, intuitivo y reflexivo, propio y ajeno”. Así abre los fuegos, la ruta de viaje, Astucias. Dioses, animales y hombres en la Grecia Antigua, el libro de Trinidad Silva que esta tarde nos convoca.

Tras dar vuelta a la página de inicio, a muy poco andar, la autora señala algo con lo que no puedo estar más de acuerdo: “Siempre he pensado que a los antiguos los tomamos demasiado en serio. El afán con el pasado no se agota en la nostalgia ni en la admiración ni en la erudición”. Este afán ha provocado que mucha gente rehuya “a los clásicos o se les acerque con miedo, como si tuvieran cosas demasiado importantes que decir. O nada que decir”. Los antiguos viven y perviven en sus textos, en sus cartas, tratados, tragedias, comedias, en sus recetas para aprender a amar, en sus remedios para ayudarnos a olvidar un amor y no morir en el intento. Es, lamentablemente, “como si el tiempo no solo los velara, sino que además los petrificara en su expresión más seria y severa. Un ejemplo claro son esos bustos de piedra, sin mirada”. Este libro, en cambio, nos mira. Al leer lo miramos, lo encendemos, pero él también nos ve, quizá con algo de inquietud y mucho de seducción, desde sus ojos y cuerpo de piedra anhelante.
La inteligencia tiene múltiples modos, maneras de ser. La astucia es una de esas maneras. “La inteligencia (en la forma de razón)”, explica Trinidad, “ha quedado reservada para nosotros. Este es el sello de su expresión singular, el regalo de los dioses; también su condena”. La inteligencia, se ha dicho, es multiforme. Otra de sus maneras, es la que nos hemos acostumbrado a mentar como inteligencia artificial. Pareciera que este término “ha evolucionado para nombrar mecanismos que operan más allá de la vida”. En este libro la reflexión se orienta a una “forma de inteligencia que sigue estando asociada a la vida”, visita los modos en que la astucia se manifiesta a través del cuerpo de dioses –Metis y Zeus, Prometeo y Proteo– animales –Pulpo, Cuervo y Zorro– y hombres –Ulises, Sofistas y Sócrates–. Adaptativa, plástica, la astucia se resiste impertérrita y digna a la programación, a la predictibilidad y, por ende, a la posibilidad, esperemos, ayer, hoy y siempre, de una aséptica máquina astuta.
La astucia, esta inteligencia viva y corpórea, emerge en un espacio ambiguo, “entre lo que el alma pone como fin y la inteligencia dispone como medio”. Por otra parte, su modo de operar “no es siempre razonable porque no está condicionada a reglas. Si lo está, no es del todo astuta”. No es posible, entonces, aprehenderla mediante “el sustantivo como categoría gramatical”. Así, la astucia no se puede definir porque “no es un concepto abstracto”. La astucia es, sobre todo, “un adjetivo, un rasgo de carácter, astuta/ astuto, y también un adverbio, una manera de hacer las cosas, astutamente”.
Revisé someramente lo que María Moliner dice de este término en su Diccionario de uso del español. Astuto,-a se aplica a personas y, correspondientemente, a sus palabras, procedimientos, etc.). “Ladino. Listo. Vivo”. “Sagaz para darse cuenta de lo que le conviene”. “Que no se deja engañar”. “Hábil para lograr lo que quiere con engaños y ardides”. “Aprovechado, […] bellaco, […] caimán, […] diablo, […] pajarraco, […] pícaro, pillo, […] sátrapa, […] taimado, travieso, […] vivo, […] zorro, […] zorrón, zorzal y otros epítetos que inevitablemente nos recuerdan a clásicos como “Ese hombre” (1979) interpretado por Rocío Jurado y la reciente “La perla” (2025) de Rosalía.
“Si es un sustantivo”, plantea la autora del libro que hoy nos convoca, “quizás lo sea en plural, astucias. Es una inteligencia que, como la artificial, se mide en su éxito para lograr tareas, pero que, a diferencia de ella, se adapta a la vida. En esto la astucia supone un alma, pero una siempre encarnada, incluso si es para marcar su desajuste con el cuerpo. Es una inteligencia esencialmente orgánica, flexible, maleable, corpórea, versátil. Es una inteligencia viva porque se juega con el cuerpo, la forma del cuerpo, y siempre dentro de una realidad cambiante y dinámica. Digamos, por qué no, que la astucia es la inteligencia del cuerpo animado”, concluye Silva. La astucia es por tanto la inteligencia del cuerpo animado de dioses, animales y hombres, palabras que dan título a los tres capítulos del libro en este orden, con los animales actuando a modo de bisagra entre este mundo y el otro. Cada capítulo está dividido, a su vez, en tres partes: Metis y Zeus, Prometeo y Proteo dan vida al capítulo dedicado a los dioses; el Pulpo, el Cuervo y el Zorro, al destinado a los animales y Ulises, los sofistas y Sócrates, al que aborda las astucias humanas.
Hombres – Ulises
Me ha sido encomendada la tarea de hablar de la astucia de los hombres. He elegido a Ulises o quiero pensar, Ulises me ha elegido a mí, me ha mirado. Polytropos es el epíteto que Homero da a Ulises en la Odisea. Ulises, por tanto es “el de muchas maneras”, “el de múltiples recursos”. “Como el zorro y el pulpo”, escribe Trinidad, “la habilidad de Ulises es la de la variación y la adaptabilidad. Se disfraza, cambia su nombre, viaja al inframundo y resiste el canto de las sirenas”. Ulises domina el arte del actor, el de volverse otro; Ulises es el forastero de Creta que, “gracias al poder transformador de la diosa, encarna como anciano mendigo de piel arrugada, vestido con harapos, un báculo y una bolsa llena de agujeros, cual filósofo cínico”. Ulises, polytropos, astuto, se muestra “multiforme y engañoso” gracias a su “materia prima”, la “apariencia” y a su notable capacidad para contar historias y contarlas bien: “La Odisea”, señala la autora del libro que nos convoca, “es en buena medida la historia de Ulises contando su historia”. Sabemos que “es un héroe que sabe contar historias (y que quien es bueno para contar historias sabe mentir)”.
Trinidad hace notar que la “narración de la Odisea configura a Homero como un autor cuya argucia literaria lo equipara a Ulises, el de múltiples recursos, sobre todo si se considera que tropos designa también el modo de discurso, el estilo literario”.
La astucia, esta inteligencia viva y corpórea, emerge en un espacio ambiguo, “entre lo que el alma pone como fin y la inteligencia dispone como medio”. Por otra parte, su modo de operar “no es siempre razonable porque no está condicionada a reglas. Si lo está, no es del todo astuta”. No es posible, entonces, aprehenderla mediante “el sustantivo como categoría gramatical”. Así, la astucia no se puede definir porque “no es un concepto abstracto”. La astucia es, sobre todo, “un adjetivo, un rasgo de carácter, astuta/ astuto, y también un adverbio, una manera de hacer las cosas, astutamente” (Marcela Labraña).
Apariencia y mentira explicarían que los filósofos no hayan querido a la astucia o que la hayan querido pero solo a medias. Platón, de hecho, “no celebra la astucia de Ulises. Cuando Sócrates es comparado con el héroe homérico, es en razón de su kartería, su perseverancia, su autocontrol y fortaleza, no su polytropia. Ciertamente la astucia, en su ambivalencia, no puede ser un ideal filosófico, cuyo objeto son la verdad y el bien”. Sin embargo, Platón es capaz de reconocer el valor de la astucia como habilidad. Trabajos exegéticos de los poemas homéricos como el de Porfirio lograron “desnudar polytropos, el epíteto de Ulises, de sus ropajes peyorativos a nivel moral para activar su significado halagador a nivel estético. Ulises, entonces, no es simplemente un ejemplo de genio astuto, sino también de sabio (sophos), pues en virtud de su polytropia, conoce las diferentes formas de discurso. Moliner se hace eco de esta reivindicación de la astucia. Astuto/astuta es también alguien “agudo”, “diplomático”, “fino”, “gato”, “lince” y “político”. También es, por mencionar sinónimos que escapan a mí espontáneo entendimento: JESUITA y largo. Por último, la Moliner asocia esta palabra a dichos o frases que no tienen desperdicio: “Tener más conchas que un galápagos”, “saber LATíN”, “saber más que Lepe”, “meterse por el ojo de una aguja, pasarse de listo, saber más que siete” y, mi favorito, “nadar y guardar la ropa”.
Ulises, entonces, “hábil en el discurso, es capaz de decir lo mismo de muchos modos […]. Esta variedad de los modos de discurso no es una mera técnica retórica; es una práctica filosófica cuyo efecto es terapéutico —ofrece la palabra justa— en la medida en que acomoda el lenguaje a la ocasión considerando el momento oportuno y el registro del interlocutor. Aquello que varía en los registros de estilo se centra en una sola habilidad; la polytropia es la capacidad de expresar el mismo pensamiento de muchas maneras […]. El uso de la variedad del discurso para la variedad de audiencias lo reduce así a una sola cosa: lo que es apropiado en cada ocasión y para cada persona”.
Así, “Ulises entiende la ocasión, lo que los griegos llaman kairos, ‘el tiempo oportuno’. Este no es el tiempo lineal del padre chronos, sino el tiempo justo; un espacio más que una línea, como diría Baricco. Se trata de saber decir lo adecuado del modo adecuado, en el momento oportuno a la persona precisa”.
Conclusión
Astucias. Dioses, animales y hombres en la Grecia Antigua termina con dos párrafos bajo el título de “Conclusiones”. En el primero de ellos, la autora del libro que hoy nos convoca, da cuenta su postura respecto a las conclusiones: “Este ensayo comienza con la palabra ‘no sé’ y termina con la palabra ‘misterios’. Había pensado en dejar la conclusión en blanco, como una suerte de giro performático que reflejara la astucia socrática de la pregunta abierta, sin conclusiones […]. No me gustan los finales: no porque las cosas se acaben, sino que porque muchas veces se resuelven. Sin ánimo de resolver, me propongo ahora terminar” (“Conclusión”, 217). La mayoría de los diálogos socráticos, de hecho, terminan sin definiciones ni conclusiones resolutivas. Silva toma como ejemplo el Lisis, diálogo socrático sobre la amistad. “La naturaleza relacional de la philia”, plantea la autora del libro que hoy nos convoca, “prueba ser sumamente compleja en el curso del diálogo y termina generando circularidad en el argumento, lo que lleva a los interlocutores a aceptar la aporía denunciando explícitamente los límites del discurso” (“Hombres”, 203).
Sócrates pregunta: “¿Qué es lo que nos queda aún por hacer con el discurso (logos)? ¿O es claro que nada?”. Pero la última palabra no es la última verdad; pareciera que la amistad no es esa clase de fenómeno que dependa de una definición para reconocerla: “Dirán que nosotros creíamos que éramos amigos (philoi) —porque yo me cuento entre vosotros— y, sin embargo, no hemos sido capaces de llegar a descubrir lo que es un amigo”. La paradoja que desata el dato de la experiencia, auspiciado por un diálogo filosóficamente fructífero (esto es, amistoso), versus la normatividad de la definición, enfatiza la naturaleza dinámica del discurso.
Así, la “Conclusión” de Astucias. Dioses, animales y hombres en la Grecia Antigua, contempla un segundo párrafo en el que, de manera astuta, termina abriendo una deriva, convocando un nuevo deseo:
Hasta ahora he puesto a la astucia del lado del escritor, con sus múltiples estilos y recursos. Llega el momento de señalar la astucia del lector. El autor no existe hasta que el libro se escribe; el lector existe desde siempre. El lector es la condición de posibilidad del autor, del libro mismo. Y si escribir se puede hacer de muchas maneras, leer se puede hacer aún de más. Si el artificio literario juega con el lenguaje, es porque el lector hace sentido de ello. Por último, si la astucia filosófica se manifiesta en el deseo, en su movimiento erótico al saber, entonces el lector es el verdadero amante. Así termino, entonces, agradeciendo a mi lector.