“Eso hacen las Diminutas: “Convertir lo interior en exterior sin usar el / cuchillo”, para usar otra vez palabras de Blanca Varela. Basta ese gesto, esa invitación que nos extienden a aguzar la mirada y acercarnos para ver lo que no se ve, para que el aire de esos encierros nos conmueva” (Macarena García Moggia).
De repente, resulta extraño que la vida vuelva a hacerse un poco todos los días. Abrimos los ojos, nos ponemos de pie, nos echamos agua en la cara y luego nos metemos algo a la boca. En otra escala, la evolución de la especie entera parece reeditarse con cada rayo de luz que tras la noche de los cuerpos hace ingreso en los espacios que nos cobijan.
“Obscenidades de la luz y el tiempo”, habría dicho Blanca Varela. El caso es que el día continúa. A veces se proyectan sus horas con voluntad. El transcurso admite variaciones, acontecimientos, deseos. También repeticiones. Nunca olvido un pasaje misterioso del Oficio de vivir en el que Pavese afirma algo así como que cuando los días pasan volando, el tiempo se hace largo, y al revés: cuando los días se hacen eternos, la percepción que de ellos tenemos al mirar hacia atrás es que el tiempo ha pasado demasiado rápido. Las vacaciones dan prueba de ello, siempre son cortas en sus horas infinitamente lentas. Los hijos, en cambio, hacen ver lo contrario: pasamos años frenéticos cuidándolos, criándolos, y de pronto caemos en cuenta de que esa eternidad suma apenas unos cuantos años. Nada, probablemente, en comparación a los muchos que antes de vernos en cuatro patas recogiendo juguetes dedicamos con esmero a holgazanear.

Lata antigua, figuras de ferromodelismo, arcilla blanca,
vidrio triturado para decoración de uñas, ojos de muñeco
Quizás exista algo así como una física del tiempo que lo explique. Si fuera el caso, y el tiempo me lo permitiera, estudiaría esas materias con fruición. Lo que con seguridad existe es una política del tiempo; estudios que por ejemplo afirman que las horas del día no se reparten a todos por igual. Unos disponen más individualmente de ellas, otros –otras– las dedicamos en mayor medida a labores de cuidado de los demás. Nada nuevo bajo el sol, diría Nicanor Parra, que no ajeno a diferencias de esta índole observó que “El verdadero problema de la filosofía / Es quién lava los platos / Nada del otro mundo / Dios / la verdad / el transcurso del tiempo / Pero primero quién lava los platos”.
Los trabajos en los que la artista Evelyn Erlij multiplica las horas de sus días socavan esta clase de preguntas. Las socavan, digo, porque algo les hacen desde dentro, de manera imperceptible, como lo hacen a veces las termitas con la estructura entera de nuestras casas. El suyo, me parece, es un oficio parecido: trabajando desde y con lo pequeño, remece inmensidades. Por eso tal vez nos hacen un poco reír –viejo y digno trabajo del humor el destrabar detalles y repetirlos hasta hacer estallar las pretensiones lustrosas de la totalidad. Nos hacen reír, pero también callar, toda vez que entre sus piezas descubrimos no sin sorpresa a mujeres afanándose en esas labores que, por su propia pequeñez en la valoración social, rara vez son reconocidas como trabajo. Entonces basta un desplazamiento de escala para que lo mínimo se vuelva monumental; lo decorativo, inquietante; lo doméstico, político. Eso hacen las Diminutas: “Convertir lo interior en exterior sin usar el / cuchillo”, para usar otra vez palabras de Blanca Varela. Basta ese gesto, esa invitación que nos extienden a aguzar la mirada y acercarnos para ver lo que no se ve, para que el aire de esos encierros nos conmueva.

Repasándolas en la reciente muestra de Galería Malva, recordé de pronto un relato breve de Natalia Ginzburg en el que una mujer mayor reflexiona sobre el aparente sinsentido de confiar a las labores de la casa el amor abstracto, invisible y sin embargo material que brindamos a quienes nos rodean, sembrando de paso la inquietud de si después de todo existen formas de amar que bien miradas no bordeen el absurdo. Y se me vino a la cabeza también la escena de una película de Ettore Scola en la que una mujer empieza el día afrontando los platos sucios que sus seis o siete hijos más un marido tosco han dejado sobre la mesa tras desayunar. Antes de ponerse a la tarea, reúne los conchos de café que han quedado en una taza y se los bebe mientras mira por la ventana y sin querer deja escapar al loro de la jaula que allí cuelga. En la pequeña y frágil apertura de esa jaula se abre en adelante la historia. Y no solo eso: también un deseo, el fantasma de una fuga.
¿No es acaso en el imaginario de encogernos de tamaño donde aprendimos a ejercitarnos, desde siempre, en las prácticas más exultantes de libertad? Trastocando la escala de las cosas, la obra de Evelyn Erlij activa la memoria de esa clase de fantasías: la de tomarnos una pastilla que nos vuelva pequeñas, muy pequeñas y entonces sustraernos a las miradas y sortear la inmensidad de lo real y de un modo mágico e impredecible, como una bella genio o la más hábil escaladora de una montaña de loza sin lavar, fustigar el mundo que con sus mil pequeñeces nos reclama o abrir, siquiera, una grieta al largo día que es a veces la vida.
