“Hoy diría que la poesía es una forma de pensamiento, quizás influenciado por mis lecturas “filosóficas” actuales. Busco otros asideros, otras justificaciones, para la escritura literaria en general. No sólo la poética. Quiero entender la presencia de una ética de la escritura, que se acerque a nuestras acciones, a nuestras decisiones. Cuando el poeta se aleja moralmente de su creación, aparece un tercer actor, siempre oscuro, que habla por él”
Néstor Mendoza (Maracay, Venezuela, 1985) ha construido una obra poética sólida e intensa. En ella conviven lo primitivo y lo contemporáneo, lo devocional y lo crítico, el cuerpo individual y el cuerpo social atravesado por la violencia, la diáspora y la ruina, por los relatos, diálogos y mitos que constituyen el cuesco de la breva de nuestra cultura occidental. Poeta, ensayista, editor y gestor cultural, su trabajo —traducido a varios idiomas y publicado en distintos países— revela una vigilancia constante sobre el lenguaje donde cada palabra parece sobrevivir a una combustión previa.

Desde Andamios (2012) hasta Paciencia mineral (2023), pasando por libros centrales como Ojiva y Dípticos, Mendoza ha levantado una poética donde la imagen no adorna: hiere, nombra, señala; deconstruye para volver a armar —precariamente— un sentido en medio del sinsentido.
Esta conversación comenzó en Quito, Ecuador, en el marco del Festival Internacional de Poesía Paralelo Cero 2025, donde fue uno de los invitados, y giró en torno a su relación con la escritura, sus obsesiones, sus lecturas tutelares y la experiencia de escribir —y editar— en tiempos de intemperie y desamparo político. Hoy la retomamos desde el país que lo acoge, Colombia, como quien continúa una exploración abierta, aún vibrante, sobre el lenguaje y sus restos.
Tu obra parte de imágenes muy materiales: la cueva, la guayaba, el muro, la ojiva, el cuerpo. ¿Desde dónde escribes: desde la mente, desde la memoria o desde lo corporal?
Escribo, podría decirse, desde una materialidad recordada. Pero el trato que tengo con ella, con esta materialidad, no se da directamente con el objeto físico entrevisto: es un objeto que ya está reposando como recuerdo, como evocación, como si tratara de convocar (¿invocar?) ese objeto al pensarlo, al recordarlo. Desde luego, todo pasa por la mente y en este sentido tiene razón la psicología. Escribir es la verbalización de un recuerdo. La cueva es un orificio oculto que existe en el verso, la guayaba es una fruta que se lee, el muro es una altura idealizada, la ojiva es la reinterpretación de una debacle social y moral, el cuerpo es una anatomía discursiva que toco en el poema.
En Andamios aparece una conciencia primitiva, casi ritual. En Ojiva, la amenaza es tecnológica, bélica, contemporánea. ¿Cómo lees tu propia evolución? ¿Al leerte siento
que no es tanto una evolución como un cambio de paisaje, aunque la pregunta por lo humano sigue allí. En Andamios estaba más presente la idea del origen, de la supervivencia, de nombrar por primera vez. En Ojiva aparece el daño histórico, la modernidad arrasadora, la conciencia de lo colectivo en peligro?
En mi escritura, me parece, hay un ritmo pendular que mueve un estilo y unos temas. Quizás al principio, con mis dos primeros libros (Andamios y Pasajero), se hacían más evidentes esas preguntas iniciales, esas interrogantes por un espacio en construcción, “prelógico”, al decir de Lezama Lima. Entonces, era un terreno más fértil para pensar desde lo ritual. Lo que se escribía, no sé si pretenciosamente, aspiraba a eso, a ritualizar lo escrito. Creo que había más “confianza” en el lenguaje, en sus posibilidades. Quizás se trataba de un ejercicio más optimista. Lo que vino después de eso, en mí, tomó forma desde la desconfianza, desde un deslave parcialmente controlado del verso, eso que algunos amigos han llamado escritura torrencial. Y ese aparente deslave se pudo haber producido con Ojiva, que es una suerte de inciso, una grieta expresiva en mi proceso de escritura.
Ojiva, parece un libro atravesado por la historia, la guerra, el hambre, la caída. ¿Ese libro nace de una experiencia personal o de una observación del mundo? ¿Sé que creciste y te formaste en un país que ha atravesado una ruptura profunda, no solo política sino ética y afectiva. Ojiva es, en parte, una respuesta a esa experiencia, pero también a una conciencia global de la destrucción?
Ojiva es, efectivamente, todo lo que enumeras. Es una respuesta verbal a nuestra catástrofe social, una catástrofe que muta, se transforma, que cambia de aguda a más aguda; de aguda a una aparente normalidad (o normalización) del mal. A un mal burocratizado, que selectivamente elige sus objetivos y sus ensañamientos. Como todo proyecto de escritura, Ojiva es una mirada individual hacia algunos acontecimientos acaecidos entre 2014 y 2017, dos de los picos más violentos en mi país; pero entre cada gran pico hay sus abismos críticos, sus caídas que no siempre se perciben claramente desde afuera. Y allí es cuando realmente el problema se complejiza porque no se termina de comprender lo que sucede. El país se destruye y lo que se construye, lo que se mantiene, es gracias a las acciones personales, ciudadanas, vocacionales, de los amigos y amigas que resisten con esa frase algo odiosa y engañosa llamada “reinvención”, los que se reinventan; es decir, los que asumen varios trabajos, si la edad y la salud lo permiten. Porque si los años y la salud y las circunstancias son adversas, lo que te queda es la opción, casi única, del gofundme. Y es un panorama injusto porque me recuerda al relato distópico que desarrolla Bioy Casares en la novela Diario de la guerra del cerdo, una realidad solo benéfica para los jóvenes y catastrófica para los adultos mayores, para los abuelos.
Hay en tus textos una tensión entre lo sagrado y lo profano, lo bíblico y lo corporal, los mitos y la cultura grecolatina a la luz del eco del Caribe. ¿Qué lugar ocupa lo religioso, lo espiritual, en tu escritura?
En estos momentos lo sagrado y lo profano pasa por mi aspiración diaria hacia la disciplina. Una disciplina que me ubique en un lugar más sosegado para pensar sin las urgencias de la supervivencia cotidiana. Es como cuando vas a misa y por segundos cierras los ojos durante la homilía, justo en esa parte en que el cura pide hacerlo; y es en ese momento de ojos cerrados cuando logras una breve desconexión con lo exterior, y pasas a un estado de equilibrio momentáneo, no sé si religioso pero sí de notable fuerza interior. Percibes un camino de estimulante tranquilidad: lo exterior se suspende o se anula momentáneamente, ocurre una hipnosis. Y cuando abres los ojos, luego de algunos segundos, te sientes expuesto, aunque satisfecho de ese lapso de breve incomunicación. ¿Y cómo se traslada esto a mi escritura? Quizás en el ritmo y el estilo que intento “materializar” en mis textos: una escritura en la cual la sintaxis es una forma de sosiego.
Has publicado también ensayos, reseñas, diarios. ¿Cómo dialoga tu pensamiento crítico con tu poesía?
La prosa, en mi caso, es el discurso más frecuente. La prosa me da una satisfacción, una seguridad, que el poema pocas veces ofrece. Quizás por eso siempre tiendo a la prosa en cada uno de los géneros que mencionas. Si se reuniera toda mi prosa escrita y publicada, superaría en volumen a los poemarios que he publicado y a los inéditos. Vengo de una tradición, la venezolana, en la cual el poeta que escribe ensayos debe justificar ciertas inclinaciones. Por eso nos resulta ejemplar lo que realizó Guillermo Sucre con La máscara, la transparencia; o lo que hizo Juan Liscano en Espiritualidad y literatura, otro poeta de prosa mayoritaria. El diálogo entre prosa y verso se da a través de la balanza, un diálogo que se distingue en mi libro Dípticos: poemas en prosa sobre temática greco-latina. En los últimos meses he estado leyendo con especial interés a María Zambrano, su maravilloso Filosofía y poesía y El hombre y lo divino. En ambos libros la filósofa española logra ubicarnos en un lugar importante para la compresión de la poesía como forma de pensamiento, desde la antigüedad hasta las disquisiciones contemporáneas en torno al oficio del poeta y las poéticas heredadas.
¿Qué autores han sido decisivos en tu formación? Recuerdo nuestras conversaciones en Paralelo Cero donde salieron al ruedo poetas como Rafael Cadenas, Eugenio Montejo, Yolanda Pantin, Blanca Strepponi, Igor Barreto, pero también poetas de otras latitudes: Paul Celan, René Char, Anne Carson, Wislawa Szymborska, Seamus Heaney, César Vallejo, Alejandra Pizarnik, José Watanabe…?
De esa notable lista que ofreces, y especialmente en mi juventud universitaria, fue decisiva la presencia de Watanabe. Con él tomé conciencia del hablante poético, de la versatilidad del yo lírico, de la metáfora que se extrae del verso “realista”; debo añadir, entre los latinoamericanos, a Carlos Germán Belli. He dicho antes que en Belli el estilo de su poesía contagia a su estimulante prosa (leer los ensayos y crónicas de Belli es tan placentero como leer su poesía). De Venezuela, puedo citar a Enriqueta Arvelo Larriva, Juan Calzadilla, Reynaldo Pérez Só, Rafael Cadenas, Eugenio Montejo. De Montejo valoro, además de su obra poética, su obra ensayística, que leo con un interés especial. De Cadenas, su estimulante Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística. Entre los clásicos del siglo XX, es inevitable la presencia de T.S. Eliot, el crítico, con más énfasis en mí. ¿Quién no recuerda su notable ensayo “Las tres voces de la poesía”? En narrativa, siempre recuerdo a Los adioses de Onetti, a la intrigante Aura de Carlos Fuentes; a Zama, de Antonio Di Benedetto. También puedo acotar que hay influencias solapadas, no del todo visibles. Estas influencias clandestinas demarcan estilos y direcciones que no he logrado desenterrar completamente. Allí habitan obras, autores, versos sueltos, frases aisladas.
Eres editor de El Taller Blanco Ediciones. ¿Cómo es convivir con la poesía de otros desde ese rol?
El Taller Blanco Ediciones es un proyecto que inicié en Colombia junto a mi compañera de vida Geraudí González Olivares, en 2019. Editar poesía es distinto a la lectura gratuita de poesía. Hay, evidentemente, otros procesos. El ojo cambia, se intenta mirar como lector de poesía, como corrector de estilo y como impresor. Al editar poesía entras en la dinámica del ecosistema del libro. Es un diálogo vivo con el autor, el diseñador gráfico, los impresores, los libreros, los lectores. Es un rol que se diversifica cuando encaramos un poemario como editores. Siempre satisface publicar a un novel autor, un nuevo libro del poeta con trayectoria, incluso la satisfacción de reeditar un poemario injustamente olvidado.
La diáspora venezolana aparece directa o indirectamente en tu obra. ¿Te sientes un escritor marcado por el exilio, aun sin haber salido definitivamente?
Uno no termina de salir completamente. Incluso para aquellos escritores que migraron antes, que tienen más tiempo en el extranjero (entre nosotros, por ejemplo, Miguel Gomes o Gladys Mendía). Yo siento que vivo entre dos aguas, en esa agua de la nostalgia del país de nacimiento y el proceso de adaptación en el país que me recibe. Pienso que son dos heridas que están abiertas y que se alimentan mutuamente. Heridas como aberturas no del todo dolientes. Para equilibrar ambas realidades, la de mi “pasado” venezolano y mi presente “colombiano”, leo con bastante interés ambas tradiciones. Releer, por ejemplo, Las lanzas coloradas (Arturo Uslar Pietri), El reino (Ramón Palomares), Trópico absoluto (Eugenio Montejo), País portátil (Adriango González León) o Amor y terror de las palabras (J.M. Briceño Guerrero), me reconectan con la tradición literaria de Venezuela. Y ya con la literatura colombiana, leer La vorágine de José Eustasio Rivera, releer María de Jorge Isaacs; Manuel Pacho de Eduardo Caballero Calderón, Catalina de Elisa Mújica o la poesía completa de Héctor Rojas Herazo, me hace pensar en el lector que fui y en el lector que soy ahora.
¿Qué papel juegan el dolor, la violencia y la pérdida en tu poética?
El dolor, la violencia y la pérdida son como estados de la materia. Siempre están allí, directa o indirectamente. Pienso que uno no elige conscientemente estas realidades humanas. Ellas aparecen como tema o como sensaciones, en tiempo pasado o presente. Al momento de la recepción, cuando tu trabajo es leído, comentado o reseñado, estas realidades cobran una existencia más explícita, más “temática”. Y se van generando hilos que se conectan, hasta forman una tela con algo escrito o dibujado en ella: tu infancia, un país recordado, un amor que sigue, pero de otra manera.
Si tuvieras que definir tu poesía en una idea o pensamiento ¿Qué dirías?
Creo que sería la de alguien interesado por las cualidades lingüísticas y emotivas del discurso escrito, de cómo un discurso en prosa o en verso es capaz de pensarse, de ofrecer una imagen de quien escribe.
¿Qué libros tuyos recomendarías a un lector que llega por primera vez a tu obra?
Recomendaría Pasajero (2015), mi segundo libro. Allí hay algunos eslabones entre mi primer libro (Andamios, 2012) y lo que he publicado posteriormente. Es decir, la transición de los primeros paisajes hacia una mirada más exterior y exploratoria. Y para quienes deseen conocer el libro más “arriesgado” que he escrito, les recomendaría Ojiva (2019). De Ojiva se han escrito unas cuantas reseñas y ensayos, entrevistas alrededor del libro y sus procesos, además de estar traducido al alemán, inglés y parcialmente al francés.
¿Cómo es tu proceso de escritura? ¿Eres disciplinado, caótico, ritual?
Diría que soy moderadamente disciplinado. Con cierto orden. Escribo directamente en la computadora. Reviso lo escrito cada tanto. No manejo “versiones”, de manera que, una vez hecho el cambio, la modificación, ya no es posible volver a las versiones iniciales. Me parece que lo ritual, ahora mismo, pasa por el orden o los hábitos. No soy (nunca he sido) caótico. Valoro el caos en la escritura (cuando es productivo), no en la romantización del caos existencial, el caos que compromete la salud mental de quien escribe. Pienso en Teófilo Tortolero o Emira Rodríguez, en Venezuela; o en Raúl Gómez Jattin en Colombia. Son casos aislados de poetas de vidas “caóticas” que transformaron el caos vital en caos poético (en poemas de grandes hallazgos alucinatorios).
¿Qué es, para ti, la poesía hoy?
Hoy diría que la poesía es una forma de pensamiento, quizás influenciado por mis lecturas “filosóficas” actuales. Busco otros asideros, otras justificaciones, para la escritura literaria en general. No sólo la poética. Quiero entender la presencia de una ética de la escritura, que se acerque a nuestras acciones, a nuestras decisiones. Cuando el poeta se aleja moralmente de su creación, aparece un tercer actor, siempre oscuro, que habla por él.
¿En qué estás trabajando ahora?
Sigo con la escritura de mis diarios, que siempre están por escribirse. No tienen un fin. También estoy releyendo dos poemarios inéditos, uno de los cuales mostré en Quito, lo que me ha permitido revalorizarlo. Cada cierto tiempo escribo reseñas de libros, algún ensayo. Quisiera escribir más prosa crítica.
¿Qué es lo más extraño que te ha sucedido como poeta?
Creo que nada extravagante o digno de reproducirse por escrito, quizás presenciar algunas injusticias, algún episodio patético en el pasado. Alguna mala intención de terceros. Pero eso no es productivo para la escritura. Me interesa lo que sucede en los libros.
Me gustaría que me hicieses una lista de diez libros de autores vivos que recomiendas leer, que son parte de tu cocina literaria o que conversan con tu poética?
Son libros que no siempre influyen directamente en mi escritura, pero sí que han dejado una pisada fuerte como lector. No se trata de ningún canon personal. Podría mencionar los siguientes: Siete casas vacías de Samanta Schweblin; Parte del relámpago de Jairo Rojas Rojas; Percusión de José Balza; En falso de Gabriela Kizer; Caravana de Víctor Manuel Pinto; Magna Grecia de Alejandro Oliveros; Lejos de Roma de Pablo Montoya; En bicicleta de Edda Armas; Sextinario de Ana Nuño; Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística de Rafael Cadenas.
Para cerrar: ¿qué le dirías a un joven poeta que comienza a escribir en un contexto adverso?
Si nos paseamos por la biografía de muchos escritores del pasado y de la actualidad, veremos que los contextos adversos son los más habituales. Especialmente los del pasado (los que escribieron en el siglo XIX, por ejemplo, y más atrás, hasta Cervantes). Por encima de las precariedades, lo que persiste en ellos es esa voluntad individual por la escritura. Y no me refiero a cierto malditismo torpemente asimilado o accesorio; me refiero a esa capacidad de algunos escritores y poetas de transformar lo adverso en temas y personajes para sus creaciones. La felicidad es improductiva, a veces, en términos creativos. Yo diría que lo importante es esa búsqueda de serenidad en medio del dolor o de la crisis, ese punto neutral que hace posible el primer brote.
* Ernesto González Barnert (Temuco, Chile, 1978) es poeta, gestor cultural y cineasta documentalista. Autor de Venado tuerto, Playlist, Coto de caza, Trabajos de luz sobre el agua, entre más de una docena de títulos, su obra ha sido reconocida con importantes distinciones. Es Licenciado en Cine Documental por la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y Diplomado en Estética del Cine por la Escuela de Cine de Chile. Actualmente se desempeña como gestor cultural en la Fundación Pablo Neruda y desarrolla una activa labor en torno a la poesía a través de medios de comunicación, entrevistas, ensayos, talleres, encuentros, presentaciones y edición de libros.