“La poeta propone una ética del movimiento frente al abismo: un baile que no es festivo sino una forma de sostenerse en la fragilidad, mientras el cuerpo aparece como territorio de escritura y riesgo, expuesto, vulnerable, analfabeto de certezas, escribiendo en el agua con la conciencia de que nada se fija del todo”, nos dice Ernesto González Barnert, poeta, gestor cultural y cineasta documentalista, en esta breve reseña crítica que publicamos para ir cerrando la temporada.

No es casual que El río que escribo se abra con Alda Merini, poeta inmensa y desbordada, hoy convertida en leyenda, porque esa elección opera como una declaración de principios amorosa, política y poética desde un hablante femenino que no pide permiso y que, desde ese umbral, lanza al lector a un viaje lírico donde la escritura fluye como ríos, mares y aguas de la memoria: un cauce de emociones, cuerpos, palabras y silencios en el que escribir es resistir, vivir y recordar, y donde el río íntimo se vuelve también colectivo al inscribirse conscientemente en una genealogía de mujeres que aman, luchan, son heridas y reparan; mujeres excluidas de los cánones del mercado de la belleza y de las violencias normalizadas, a quienes Aráoz nombra sin rodeos para convertir su libro en una corriente coral que desafía el olvido. Desde la orilla —ese lugar de temblor, de inestabilidad perceptiva, donde pasado y presente, deseo y pérdida se rozan sin fundirse— la poeta propone una ética del movimiento frente al abismo: un baile que no es festivo sino una forma de sostenerse en la fragilidad, mientras el cuerpo aparece como territorio de escritura y riesgo, expuesto, vulnerable, analfabeto de certezas, escribiendo en el agua con la conciencia de que nada se fija del todo. Lo doméstico, lejos de ser un margen, se integra como laboratorio del lenguaje —cocinar, descalzarse, atarse el pelo— y se vuelve acto poético y político, al tiempo que el amor y la pérdida tensan lo sagrado hasta llevarlo al límite, con una blasfemia lúcida que encarna la santidad en el sexo y el deseo. El desplazamiento hacia el después, hacia el duelo y la lucidez, convierte al río en un territorio marcado por restos —amores muertos, viajes suspendidos, palabras robadas— donde no se intenta restaurar lo perdido sino aprender a habitar la ausencia, y donde la noche, el mundo y su violencia irrumpen sin concesiones en la intimidad del poema, suspendiendo la pregunta por el lugar de la poesía ante el horror. En el tramo final, el cuerpo femenino se vuelve último territorio, mar desnudo y lenguaje expuesto, atravesado por la conciencia de la irrepetibilidad del tiempo y por una poética de lo inconcluso que acepta la indeterminación sin resentimiento, hasta desembocar en un cierre ritual y coral donde los altares son espacios de memoria y canto femenino, y donde la escritura asume su condición efímera —escrita en el agua— para entregarse al tiempo, confirmando que Graciela Aráoz despliega una palabra leve y persistente como el agua misma, capaz de transformar lo mínimo en revelación y de trazar un mapa íntimo y profundamente humano de la experiencia femenina, allí donde todo fluye y nada se detiene.
La coda reúne tres lecturas que convergen en una misma idea: El río que escribo como poética de lo fugaz, del tránsito y de la resistencia femenina. Para Malú Urriola, el libro se inscribe en la historia de subordinación de las mujeres y propone una escritura “en el agua”, situada entre mundos, donde el lenguaje se diluye y se vuelve cauce entre el deseo y el abismo, dialogando con Merini, Stein y Bishop en una ética de la fragilidad que hace de la lectura y la escritura un gesto vital frente a la muerte. Ana Arzoumanian subraya el carácter itinerante y corporal de esta escritura: una danza fuera de todo dominio, una complicidad amorosa sin cálculo ni confidencia, donde el poema no dramatiza sino que persiste en la levedad y en el vértigo del instante. Reina María Rodríguez, finalmente, lee el libro como un viaje entre libros —un barco que navega el río de otras lecturas— y como un mapa literario del dolor ajeno, que rinde homenaje a la figura de la lectora incansable que la propia Aráoz encarna.
Santiago de Chile, 15 de enero de 2026
*Graciela Aráoz (Villa Mercedes, San Luis, Argentina) es poeta, ensayista y gestora cultural. Profesora en Letras, realizó estudios de posgrado en Madrid, donde obtuvo el profesorado en Lengua y Literatura Española y la licenciatura en Filología Hispánica, con tesis distinguida con máxima calificación. Es presidenta de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina (SEA), integró el consejo de redacción de la histórica revista Último Reino y dirige el Festival Internacional de Poesía de Buenos Aires. Fundadora del Movimiento Mundial de Poesía y de la Red Nuestra América, ha desarrollado una intensa labor pública en promoción del libro y la lectura, así como en asesorías culturales e institucionales en el ámbito legislativo argentino. Autora de libros de poesía como Equipaje de silencio, Itinerario del fuego, Diabla, El protegido del ciervo y El río que escribo (2025), y de ensayos sobre poesía y participación femenina, su obra ha sido ampliamente traducida y publicada en América, Europa y Asia. Ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Tiflos, el Premio Vicente Aleixandre, el Premio Carmen Conde y el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía. Invitada habitual a los principales festivales internacionales, su escritura y su acción cultural la sitúan como una de las voces centrales de la poesía argentina contemporánea.
** Ernesto González Barnert (Temuco, Chile, 1978) es poeta, gestor cultural y cineasta documentalista. Autor de Venado tuerto, Playlist, Coto de caza, Trabajos de luz sobre el agua, entre más de una docena de títulos, su obra ha sido reconocida con importantes distinciones, entre ellas el Premio Pablo Neruda (2018), el Premio Nacional a la Mejor Obra Literaria del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2014). Es Licenciado en Cine Documental por la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y Diplomado en Estética del Cine por la Escuela de Cine de Chile. Ha trabajado como creador y productor ejecutivo de las series de televisión Obturaciones (2011) y Letras Migrantes (2024). Actualmente se desempeña como gestor cultural en la Fundación Pablo Neruda y desarrolla una activa labor en torno a la poesía a través de medios de comunicación, entrevistas, ensayos, talleres, encuentros, presentaciones y edición de libros.